TRIBUNA
La moderación, el mejor camino para el encuentro
H ay que saber acabar una discusión, sobre todo entre amigos, porque puede que se llegue lejos, más lejos de lo previsto si falla el sentido común. Otra cosa es en política, aunque algún político renombrado últimamente dijo que prefería que el hijo fuera de otro partido político antes que de otro equipo de fútbol.
Hay cosas que no se imponen, la calle también tiene su influencia, incluso el azar. Yo no sé por qué soy de cierto equipo, era muy niño. Quizás pueda admirar a mi cuñado Carlos que es de la Cultu. Eso tiene su mérito, tal vez porque lo ha mamado.
Otros, como yo, hemos sido errantes y hemos vivido en diversas provincias y no tenemos arraigado el equipo del pueblo. Somos así. Eso no quita para que me guste que la Cultu gane siempre y ante quien sea. Pero esto no es emocional sino racional.
Como decía el novelista Eloy Moreno debemos relativizarlo todo no sea que acabemos como el rosario de la aurora, máxime en cuestiones en las que apenas somos más que aficionados. Con algún buen amigo he tenido que cambiar de conversación antes de que fuera demasiado tarde, por cuestiones futboleras. Incluso con algún familiar me cuido muy mucho de no tocar ciertos temas candentes. En algunas casas está casi prohibido sacar el tema político o lingüístico porque las posturas suelen ser encontradas. Cada cual ve las cosas desde su perspectiva vital y no es fácil encontrar un terreno común. Ignoro si el silencio es el mejor camino para el entendimiento.
Cierto que en cuestiones ideológicas hay un estrecho margen de convivencia, pero en ningún caso esas discrepancias deben ser decisivas, so pena que rocen la radicalidad. Desde la moderación y la relatividad todo es posible. Ahí está la gracia. En verdad que la ideología puede que influya en la educación de los hijos y en ciertos comportamientos, pero siempre y cuando reine la moderación el entendimiento está asegurado. Quizás en vez de ser un sitio más elitista lo será menos y hasta ahí. Por encima de estas discrepancias está el respeto, la fidelidad, la sinceridad, etc., valores de suyo mucho más preciados e influyentes. ¿Esto quiere decir que no condiciona la vida en común? Claro que sí, pero eso ya lo vamos aprendiendo a medida que conocemos a nuestro consorte.
Hay un tiempo para conocerse y por lo se dice y especialmente por lo que se hace sabemos cómo piensa el que está a nuestro lado. Si las ideas van más allá de nuestros pensamientos nos alejamos sin querer de esa persona y ya está. Es decir, todo esto importa en sus inicios y ya entonces decidimos. Otra cosa es que haya una evolución a medida que crecemos. Nadie está exento de ir cambiando según profundiza en ciertos aspectos. Pero esa evolución no quita para que nos amoldemos al parecer del otro si ya es pareja. Lo extraño es que se acabe en extremos y entonces puede que haya más que motivos para pensárselo si es necesario seguir un camino común. Por eso no conviene ser dogmático —y yo lo fui en parte al principio por lo que dije del fútbol—, ni chaquetero —cambio según hacia donde vaya el viento—.
Las ideologías, sin embargo, son algo más serio, pero no lo creo motivo de no convivencia. No lo veo así, a no ser que se trate, como antes dije, de extremismos. En estos casos puede que haya conflictos de difícil solución. Pero las demás ideologías, de una u otra trayectoria, tienen aristas que se pueden tocar. Disensión, pero con matices. Convivir es esto: ceder y consensuar. No vale el pensamiento único, ni la voz de mando. Todo es respetable: a veces cedo yo, a veces cede la otra persona. Y así se avanza.
Quizás la religión puede tener algo más de incidencia en la relación personal, aunque tampoco sería una losa insalvable que dos personas —una laica y otra religiosa— lleven una vida íntima soportable. Siempre y cuando se respeten las ideas y no se caiga en extremos puede haber puntos coincidentes y terrenos comunes donde departir. No se trata de ir todos a una ni de decir amén a todo. En la variedad está la gracia y en la moderación. No obstante el terreno religioso es, según mi punto de vista, el más espinoso de lidiar, porque puede influir poderosamente en la educación de los hijos y estas derivas pueden ser palabras mayores. Aquí el diálogo y la cesión han de ser altamente generosos.