Diario de León
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en blanco javier tomé
León

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Y a saben lo que se dice: la vida es dura, y luego vas y te mueres. Es lo que le ha ocurrido al grandísimo Gene Wilder, ese genio alocado de la comedia que se convertiría en una leyenda de la pantalla allá por la década de los 70. La risa es el sonido más civilizado que existe, además de ser gratis, así que debemos estar eternamente agradecidos a un actor de mirada burbujeante y payasesca, auténtico maestro en su oficio, cuyas películas se ven salpicadas de secuencias antológicas y tronchantes. Solo o en compañía de su colega Marty Feldman, el tipo de los ojos saltones y más feo que mascar chicle en clase, protagonizaron magníficos vodeviles como El jovencito Frankestein, poniendo al descubierto todos los recovecos de la condición humana en su versión más divertida. Gene Wilder acaba de bajar al sepulcro, como digo, y me lo imagino contando en tan postreros momentos ese chiste clásico que afirma: a los entierros es mejor ir ya muerto de casa. Y es que no puedo concebir otra apostilla final más acorde con el temperamento y la filosofía de un humorista que siempre surgirá al tirar del repertorio clásico.

Para mí, Gene Wilder tiene un valor añadido que no es otro que el dela nostalgia, definida por Rosa Montero como la memoria impregnada por el sentimiento agudo de la pérdida. No recuerdo en que sala vi sus películas, pero sí que el paisaje doméstico de aquella época estaba sembrado de cines de atmósfera hogareña que mostraban en pantalla la realidad social del momento. Un mundo de cafés y de cines convertidos en nido de chismes e ilusiones de caramelo para la expectante chiquillería que acudíamos, a toque de rebato, a las todopoderosas sesiones continuas. Especialmente cuando desplegaba toda su fría pujanza el general Invierno, locales como el Azul, el Mary, el Avenida o el Trianón se transformaban en una suerte de patios de vecindad distinguidos por los efluvios y el ambiente de unos años que se fueron para siempre. Viñetas del pasado y vivencias casi cubiertas por el polvo del olvido que guardan toda la emotividad de aquellos tiempos felices.

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