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León

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La culpa, como siempre, para los funcionarios

C ómo no habíamos caído en ello! Hay que estar ciegos para no caer en la cuenta de quiénes son los responsables de la actual crisis económica, del terremoto de Italia, del tsunami de Indonesia y de las diez plagas de Egipto. Por fin hemos encontrado el chivo expiatorio que todo el mundo estaba esperando: ¡los funcionarios! ¿Cómo iba a ser de otro modo? Tal conclusión parece desprenderse del artículo del señor Joaquín Cuevas Aller publicado en Tribuna el día 13 que, casualmente, cayó en martes. Creo que, como mínimo, dicho artículo precisa de que se maticen algunas inexactitudes (vamos a ser comedidos y políticamente correctos; ya estamos acostumbrados a que nos insulten):

1º) Dice que la cifra de empleados públicos en España asciende a tres millones (me parecen muchos lobos) y que el pago de sus nóminas supone para las arcas del estado un desembolso de 120.000 millones de euros. Si tales cifras son correctas, ello supondría que el sueldo medio (se entiende que neto, es decir, efectuados los descuentos correspondientes por IRPF y Seguridad Social) ascendería a la nada despreciable cantidad de 40.000 euros al año. Yo invito al señor Cuevas Aller a que busque en la provincia de León a media docena de funcionarios que cobren por encima de esa cantidad (puesto que estamos hablando de la media). En mi caso, perteneciendo al grupo A y por lo tanto a la gama alta del funcionariado, mi asignación anual «real» se queda unos diez mil euros por debajo de esa cifra.

2º) Señala que el número de funcionarios se ha multiplicado por cuatro desde la entrada en vigor de las autonomías. Falso y comprobable: lo que ha ocurrido en realidad es que los funcionarios que antes dependíamos de la administración general del Estado hemos pasado al régimen autonómico, pero seguimos siendo, sustancialmente, los mismos que había antes. Lo que sí se ha multiplicado exponencialmente es el número de cargos de libre designación que nada tienen que ver con la condición de funcionario.

3º) Creo que es un error garrafal (espero que no malintencionado) achacar el aumento de la deuda al aumento del número de funcionarios. El crecimiento exponencial de la deuda se ha producido en los últimos siete u ocho años (casualmente los que llevamos sumidos en la crisis) y se debe a dos causas fundamentales: la incapacidad para acuñar nuestra propia moneda o devaluarla, lo cual nos obliga a pedir prestado fuera cuando los gastos superan a los ingresos, y el aumento irresponsable del gasto público llevado a cabo por las administraciones de uno u otro signo político, que les ha llevado a derrochar el dinero público en planes E, líneas de AVE, aeropuertos sin pasajeros o rotondas sin salidas, entre otras muchas tropelías. Pero los que se han beneficiado de este dispendio han sido principalmente las empresas adjudicatarias (privadas) y los políticos corruptos. También ahí entrarían los sindicatos que han cobrado inexistentes cursos de formación, o los falsos ERE de Andalucía. Pero en modo alguno se han beneficiado los funcionarios.

Que conste que estas reflexiones las hago desde el más escrupuloso respeto personal y profesional al señor Cuevas Aller, con cuyos estudios sobre el antiguo Reino de León debo reconocer que he disfrutado mucho. Pero lo siento: esta vez, le han bailado los números.

Fernando Montes Pazos. león

Viejos modos,

nuevos tiempos

E l mundo está cambiando. Cualquiera puede verlo. Y ciertas formas de entender la vida irán quedando atrás. Eso necesariamente no es bueno ni malo. Aunque creo que echaremos unas cuantas cosas de menos. Tengo la sensación de que en este mundo digital nos van a faltar cosas demasiado valiosas. Concretamente personas como Eri. Por si no lo conocen, Eri es un tipo amable, ingenioso y extrañamente divertido que lleva toda una vida detrás de una barra de bar. Probablemente el lugar desde el que mejor se mide el ritmo transformador de una ciudad o un país. Y el nuestro parece demasiado desacompasado para seguirlo. Eri ha decidido firmar su jubilación y nadie debería impedírselo. Nos ha regalado tantísimos buenos momentos que uno no puede evitar agradecerle el excelente trato recibido, el gesto eficaz y la profesionalización elegante que hoy ya parece anacrónica. Pero lo cierto es que en esta ciudad de hoy te saludo mañana no, figuras como él resultan entrañables y sorprendentemente auténticas.

Cuando los modernos, hipsters y demás fauna visitaban asiduamente su feudo de cerveza y sopas de ajo, uno sabía que él manejaba la más genuina de las verdades locales. Es decir, que esta ciudad es y será eternamente un pueblo grande. Un lugar familiar en el que todos nos conocemos demasiado. Y que tal vez por ello nos sabemos de memoria los pecados ajenos. Por eso Eri se convertía con facilidad y oficio en un cordial maestro de ceremonias que siempre repartía la palabra adecuada para cada uno de sus invitados. Y pese a los peores y más tristes momentos, él siempre ha venido guardando la compostura, el trato impecable y el buen hacer de quien creció entendiendo que el trabajo bien hecho engrandece al hombre. Y aunque el mundo que viene nos traiga absolutamente todo encerrado en un teléfono móvil minúsculo, desde la oficina del banco a la compra del súper, yo seguiré echando de menos un trato humano y sincero. Agradeciendo que nos regalara su presencia en esta ciudad del norte y que pese a todo no se quedara definitivamente en Cistierna, Bilbao o la lejanísima Alemania. Quiero creer que hemos estado a la altura y hemos sabido ser más que buenos clientes y tipos simpáticos. Me gusta pensar que nos recuerda siempre con una de esas sonrisas grandes desde el sofá. Esa misma sonrisa vitalista que algunos tan bien conocemos. Aunque eso no evite echar de menos estar frente a él con el periódico en las manos, con una de esas viejas películas en la pantalla y su particular tono de voz de fondo. O escuchar de su boca tu nombre con afecto y el deseo de un buen día. Esas pequeñas cosas que parecen tan prescindibles en los nuevos tiempos. Y que todos echaremos inevitablemente en falta. Brindo por ti, Eri. Por el descanso y la vida ganada a pulso.

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JULIO CÉSAR ÁLVAREZ. león