Diario de León

Parábola del hombre que perdió su móvil

Publicado por
MARINERO DE RÍO EMILIO GANCEDO
León

Creado:

Actualizado:

C uando el señor P. bajó a la calle aprovechó el breve trayecto vertical del ascensor para volver a sacar su teléfono móvil, llevado como solía por un hábito inexplicable y casi hipnótico a contemplar su pulida superficie y a aguardar con ansia la aparición en ella de avisos, recados y mensajes.

Sin saber muy bien cómo —los fabrican ahora tan finos—, el aparato se le escurrió de las manos como un pececillo metálico en cuanto alcanzó el nivel de superficie y desapareció por el hueco del ascensor, estrecha y oscura boca que pareció esbozar una sonrisa glotona nada más deglutirlo.

El señor P. se quedó mirando aquella ranura sin acertar a comprender lo que había pasado. Y permaneció así unos minutos, sumido en un frío silencio. En cuanto se dio cuenta del alcance del suceso miró a ambos lados, se dio a los mil demonios y salió a la calle espumejeando juramentos. El resto del día lo pasó con un humor de perros.

En todo momento creyó que a su receptor estarían arribando noticias de altísima importancia, como ofertas laborales inexcusables o anuncios de herencias millonarias. Llamó desde el trabajo a la casa ascensorista y a su compañía telefónica, y ambas pospusieron su caso con vagos pretextos. Pensó que sería incapaz de soportar una jornada entera sin oír el dulce piar del whatsapp, tal era su zozobra, pero la tarde llegó y con ella una noche sorprendentemente tranquila, y por primera vez en mucho tiempo logró conciliar un sueño profundo y sereno.

Los días siguientes fueron un continuo discurrir de descubrimientos: a la desazón constante siguió una rara templanza, perlada de momentos intensos como el mínimo pero intenso disfrute de un café, la gozosa lectura de un libro, la contemplación efímera de una puesta de sol sin el afán por apropiársela con la cámara como un bandolero. Y la comprobación de quiénes eran de verdad sus amigos, libre por fin de los disfraces de la red social.

El señor P. empezó a sentir, por primera vez, pálpitos de felicidad.

Pero aquella emoción acabó por darle miedo y se compró otro móvil.

tracking