TRIBUNA
La muerte de André Glucksmann, el incognoscible peripatético

D esde que recibí la triste noticia de la desaparición de este filósofo, a finales del año pasado, el peso de mi actividad cotidiana no me ha permitido hablar de él hasta la fecha. André Glucksmann nace el 19 de junio de 1937 en Boulogne-Billancourt (Hauts-de Seine) y muere, en la noche del 9 al 10 de noviembre de 2015, en París, a la edad de 78 años. Siguiendo de cerca el desarrollo de la Filosofía que transcurre más allá de la mitad del siglo XX y su entronque con el XXI, pude comprobar que Glucksmann era un pensador peripatético. Tanto los profesionales de la materia, como los que procedan de otras disciplinas o se interesen en sus planteamientos, se acordarán de que lo mismo que el divino Patón había grabado en la entrada de su Academia esas letras: «medeis ageométretos eisíto», que «no entre aquí el que no sea geómetra», los sucesores de Aristóteles, en el Liceo, dieron a la institución el nombre de ‘Perípatos’, en virtud de su situación o localización, que era un pórtico o una galería cuyo espacio les brindó la oportunidad de instalarse y continuar con la tarea del maestro, en distintas orientaciones.
Recordemos que el significado originario del término griego en cuestión es: paseo, lugar de paseo, entretenimiento filosófico, de donde hemos heredado ese sentido que definió y tomó definitivamente a la «peripatética» como el arte de filosofar deambulando… Esta circunstancia es un signo de la relevancia que el término «escuela» ha tenido a lo largo de la Historia de la filosofía, de tal manera que cada tendencia ha podido señalar sin preámbulos su punto de partida o el método a seguir en la indagación de la realidad sobre la cual aplica su reflexión, lo que ha sido, a veces, expresado o anunciado en forma de lema… En esta perspectiva, Jean-Paul Sartre, al reconocer que había estado durante treinta y tres años tropezando con las puertas cerradas, en las se podía leer: «Nadie entra aquí si no es humanista», decidió asumir el enunciado para dar impulso al Existencialismo radical que profesaba, mientras que su homólogo, Raymond Aron habría dicho a sus seguidores que «nadie se acercara a sus principios sin ser ideólogo»... Sin pertenecer a ninguna de estas dos escuelas, Glucksmann, un ‘normalien’ como los medios llamaban a todos los que salieron de l’École Normale Supérieure (Escuela Normal Superior), creada en el siglo XVI y consagrada exclusivamente a la formación de los agrégés de Lycée (Catedráticos de Institutos de Enseñanza Secundaria), puesto al que accede en 1961, quiso deambular entre sus grandes fundadores. Así se observa en algunas imágenes de manifestaciones reivindicativas. En la primera de ellas, se deja ver en una conferencia de prensa en el hotel Lutétia, en París, el 20 de junio de 1979, acompañando a Jean-Paul Sartre quien, siendo ya totalmente ciego y con un acusado desmejoramiento, lleva la mano izquierda vendada por haber sido agredido por un vagabundo, junto con Raymond Aron, Simone Signoret, Yves Montand, Bernard Kouchner, Claudie Broyelle y Michel Foucault (que no ha querido figurar en la tribuna y se ha mezclado con el público). Los temas a tratar son: el drama de los vietnamitas que, huyendo del régimen comunista, se ahogan en el mar de la China, y la creación del grupo de intelectuales que manifiestan su apoyo a la operación «un barco para el Vietnam». La segunda fotografía data del 26 del mismo mes junio, es decir seis días después de la primera, es el recuerdo del equipo que ha conseguido una entrevista con el presidente de la República, Valéry Giscard d’Estaing, aquí aparece otra vez con todos delante del palacio del Elíseo.
Lo mismo que en la década anterior, Glucksmann, ajeno al nivel de la investigación del autor de la voluminosa obra Paz y guerra entre naciones y de la Introducción a la Filosofía de la historia, ensayo sobre los límites de la objetividad histórica (Aron), le sustituyó en algunos cursos de la Sorbona cuando este participaba en los acontecimientos del mayo de 1968. Sin acercarse en ningún ápice al espíritu creador del escritor de El ser y la nada, de la Crítica de la razón dialéctica o de la extensa serie de las Situaciones (Sartre), se alineó con él durante unos años en las filas de los maoístas franceses. Por fin, se empecinó en ser intermediario entre «los nuevos filósofos» y los grandes pensadores de la época, una misión imposible por la superficialidad de aquellos. El hecho de que Raymond Aron echara en cara a Bernard Henry Levy de haber «violado las normas elementales de la interpretación honesta» demostró el abismo que separaba las dos formas de hacer filosofía.
Pues, de la obra de Glucksmann es importante retener algunos títulos tales como: Cinismo y pasión; Descartes es Francia; De Gaullle, ¿dónde estás?; ¡Silencio, están matando!; La fuerza del vértigo; La tercera muerte de Dios; El bien y el mal, cartas inmorales de Alemania y de Francia; etc. Aunque resulta difícil acertar cuál de ellas serviría de referente a la filosofía de nuestros tiempos, eso sí, se podría afirmar que era uno de los mejores representantes de la teoría y la práctica de la disuasión, por eso en su libro El discurso de la guerra, que debió ser su obra cumbre, explicó a la humanidad, como si hubiera sido inspirado por los promotores de la «ingeniería histórica», que la experiencia de 1914 invitó, por primera vez, a los pueblos a dar y a recibir la muerte sin invocar ni a los dioses, ni a una causa noble y ni siquiera a ninguna promesa, que la lección extraída, desde entonces, fue «nuestra enseñanza religiosa y nuestra religión de la enseñanza». Que en dicho aprendizaje era preciso asimilar que «las religiones decayeron en las guerras de religión, los marxismos se destruyen, queda la religión triunfante, el monoteísmo de la guerra.» Esta es una de sus tesis que influyó tanto en sus contemporáneos, tales como Alain Finkelkraut, Bernard Henry Levy y otros que se convirtieron como él mismo en defensores acérrimos del intervencionismo imperialista. En Los maestros pensadores, parte del mismo supuesto que la obra anterior (El discurso) y agota su análisis en el retroceso al maestro Sócrates y en la exaltación de las doctrinas de Fichte, de Hegel, de Marx y de Nietzsche. Y en Los dos caminos de la filosofía, sólo se detiene fundamentalmente en «Los elementos para un manifiesto socrático» y en «La falta de arrepentimiento de Martin Heidegger»…
Sin duda, el que pretenda seguir en rigor los criterios de la ciencia de la interpretación, descubrirá que se encuentra ante un «pensamiento rápido y superficial» (pensée de survol»), muy bien cotizado por el hombre unidimensional y su sistema neoliberal, en detrimento del cultivo de la verdadera Filosofía.