Terciopelo rojo
Queremos una ciudad más moderna, más habitable, más limpia, más bella, más cómoda, más dinámica. Queremos una Ponferrada para vivir, para trabajar, para disfrutar del ocio, de la cultura y del deporte. Queremos la ciudad que usted se merece. Estamos trabajando para usted.
Las hemerotecas lo guardan todo. Incluso la publicidad institucional. Hace veinte años, las líneas con las que arranca este artículo le servían al Ayuntamiento de Ponferrada para anunciar la reapertura del Teatro Bergidum, un edificio que había nacido como teatro-cinematógrafo durante la posguerra, remodelado después de una inversión de más de cuatrocientos millones de las antiguas pesetas, y reestrenado el 1 de octubre de 1996 con un concierto de Amancio Prada al que asistió la reina Sofía.
Caoba y nogal. Butacas de terciopelo rojo. Escalinatas de mármol. El nuevo edificio diseñado por Andrés Lozano conservaba en la bóveda central la misma lámpara de la sala antigua, mantenía las líneas rectas de la fachada original y un ambiente de teatro clásico en su interior. Seis palcos, siete camerinos, una cafetería, un escenario con las dimensiones adecuadas para instalar toda la tramoya de las grandes compañías y seiscientos setenta y cuatro asientos. Ponferrada se merecía aquel teatro.
Y la reina, en aquellos años en los que la monarquía estaba por encima de cualquier controversia, le dio solemnidad a la inauguración. Hacía tres siglos que una consorte no pisaba la ciudad —María de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II, estuvo de paso en 1690— y más de cinco mil personas se echaron a la calle para ver a su alteza, que visitó el convento de clausura de la calle del Reloj, se asomó a las ventanas del teatro durante el descanso para saludar a la multitud y se fue como había venido; en helicóptero.
Veinte años después, Sofía es reina emérita y no estoy seguro de que hayamos logrado una ciudad más moderna, más habitable, más limpia y más bella, donde uno viva, trabaje y disfrute del ocio, la cultura y el deporte como se merece. Pero no me cabe ninguna duda de que al menos el Bergidum, avalado por miles de espectadores y cientos de espectáculos, sigue siendo el teatro que queríamos tener.