Después de la batalla
T ienen muchos rotos que coser y la urgencia de aclararse. De momento se van a abstener en aplicación del principio del mal menor: o permiten el único gobierno posible o los jibarizan. Después van a tener que dilucidar si quieren que gobierne la militancia o se comportan como adultos y justifican el sueldo. Invocar a la militancia tiene el inconveniente de que las bases no piensan, reaccionan, son más emocionales que lúcidas. Los británicos con el Brexit y los colombianos con el «no» a Santos demuestran que no es raro que la voluntad del pueblo sea un bumerán que se vuelve contra el pueblo.
Cuando parecía resuelto el debate entre la democracia directa y la democracia representativa, llegó Sánchez como pollo sin cabeza y reventó el candado de la caja de Pandora postulando que la democracia es que decida el pueblo. Le faltan lecturas, en nuestras sociedades trenzadas en la complejidad lo único que puede decidir el pueblo es quién decide. Los partidarios de la democracia directa olvidan que los gobernantes no solo son responsables ante sus votantes, sino que son responsables por la vida que les dan. Por eso Max Weber desaconsejaba para el político la ética de la convicción, que es propia de predicadores, y le exigía la ética de la responsabilidad, que tiene en cuenta las consecuencias de los propios actos.
Hay una presunta izquierda que cuando se mete en líos, desempolva la solución que acabará con todos ellos: la consulta a las bases. Pero mejor que un barullo asambleario suena una orquesta, aunque sea con tres violines, el bombo y un fagot. Un partido como dios manda no es solo un buzón de sugerencias, sino el intelectual orgánico (Gramsci) que diagnostica los problemas y receta las mejores soluciones arriesgándose a que sus votantes le den la espalda. Cuando Felipe González todavía era socialista tuvo el cuajo de proponer el despido de Marx, y cuando Mitterrand todavía hacía ojitos a Marx se enfrentó a su electorado y abolió la pena de muerte en Francia. Ninguno de los dos hizo caso a las bases, ¿eran por eso menos de izquierdas? No, simplemente no eran partidarios del disparate. Ser de izquierdas no es apelar a la militancia, sino combatir privilegios, proteger contra el infortunio y asegurar la igualdad protegiendo lo público. Esa es la brújula, y no desnortarse pasando la patata caliente a una militancia que tiene más peligro que Espinete en una tienda de globos, porque razona con las vísceras. Un partido es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de las bases. Si la socialdemocracia europea anda más perdida que una pulga en un perro de plástico es porque ha olvidado algo elemental: que hace falta tener algunas ideas y el coraje de asumirlas.