Publicado por
Pedro Díaz Fernández
León

Creado:

Actualizado:

L os niños apagaron la mayor parte de los incendios en los Ancares. Eso me dijo un día Adolfo. Y le creí, porque trabaja de forestal y por tratarse de un ancarés.

Los más viejos se especializaron en arrancar sin apenas herramientas alimentos de las tierras más miserables; roturaron los montes hasta que los bueyes podrían ser tragados por las cárcavas de la erosión, los encinares y robledales se redujeron a tristes varas que se cortaban nada más comenzaban a engordar y el poco monte que aún quedaba ardía para producir brotes para las cabras. Aquel fue su paisaje, arrasado ya antes de la guerra y a sus ojos cargado de belleza como una madre.

En los sesenta y setenta los jovenes abandonaron los pueblos y la conciencia proteccionista comenzaba a irrumpir. Poco después, debido al éxodo rural, los más viejos se encontraron ante las tierras de cultivo cubiertas de maleza, el monte llegando a las casas, irrefrenable, su comunidad y su forma de vida a punto de desaparecer. El fuego suponía un modo fácil de «limpiar» fincas y montes. Pero la nueva pedagogía conservacionista venía para quedarse. Los niños se hicieron portadores de las enseñanzas de sus maestros y, aunque tuviésemos que llegar al siglo XXI, en muchos casos lograron lo que no consiguieron sus padres. «Con los fuegos de Ancarés acabaron los niños, porque aunque al hijo no se le haga caso, quién va a quemar el monte cuando eso le duele a su nieto».

Como los fuegos son provocados debido a múltiples causas y motivaciones, de confirmarse la menor incidencia, algunos le darán más importancia a otros factores, como los medios de comunicación, las subvenciones para desbrozar los pastizales, los acotados de pastos y caza en zonas quemadas…, y sobre todo el hecho de que la población rural cada día los tolere menos. Pero aunque pudiésemos reducirlos al mínimo, a los provocados por negligencias y por algunos imbéciles de conducta antisocial, bajará su número pero aumenta su tamaño y peligro.

El matorral y los bosques jóvenes crecen más rápido que los recursos públicos. Se pueden acondicionar cortafuegos y realizar desbroces, pero solo se pueden mantener grandes áreas limpias para frenar los incendios si se autofinancian transformando sus productos en carne, biomasa, madera… en pocas palabras, si conseguimos aprovechar lo que hoy es pasto de llamas. Mientras tanto de nada sirve después de cada catástrofe el eterno lamento «ya avise a la administración de que había que desbrozar, mira que abandonado está todo…», sin olvidar de que a veces el imbécil emascarado provoca los incendios cuando se dan las condiciones para que atraviesen hasta las autovías.

Dignificar la vida y el trabajo en el medio rural para asegurar el aprovechamiento racional de los recursos es la mejor forma de prevenir que se produzcan los incendios y de reducir sus dimensiones. La gente de los pueblos está enterrada en burocracia y tan intervenida que muchos no se atreven ni a moverse; aunque se trate de elaborar un producto con un valor cultural o recreativo más que económico, parece que deberían haber estudiado empresariales o lo hacen de forma semiclandestina; las brañas y pastizales abandonados por las dificultades de propiedad o falta de apoyo supone la pérdida de biodiversidad y puestos de trabajo; la biomasa sigue sin aprovecharse; la castañicultura no se libra de las trabas legislativas; la riqueza cinegética, mal gestionada en la mayoría de los cotos, no revierte en mejoras del medio ni genera ganancias a la población residente; las zarzas y las escobas de algunos particulares amenazan con incendiar las viviendas y las propiedades de sus vecinos, porque saben que a pesar de la legislación y las competencias de los ayuntamientos, no hay justicia…

Quizá una de las mayores vergüenzas sea la situación de los brigadistas. Aquellos niños que un día concienciaron a sus abuelos de que había que proteger el medio ambiente, hoy han descubierto que soñaron en vano y que la promesa de dignificar su profesión resultó ser mentira. Como mínimo, nuestros políticos no deberían reducir la campaña al verano, deben contratarlos desde el primer día de octubre. Su continuidad laboral es necesaria para la profesionalidad, la seguridad y la efectividad en los incendios, y si se logra gracias a trabajos de prevención bien ejecutados (consolidar bosques autóctonos y reducir su capacidad de combustión, crear áreas cortafuegos, desbrozar los montes públicos cerca de las poblaciones…) podremos financiarla con lo que nos ahorremos en gastos de extinción.

Cargando contenidos...

No obstante, porque los fuegos se apagan con dignidad y durante todo el año, los grupos ecologistas, los sindicatos, los emprendedores, las comunidades locales y sus autoridades, los consumidores…, todos los agentes sociales deben implicarse. Se necesitan muchos pequeños gestos y una exigencia ininterrumpida de nuestros derechos a la autista comunidad política.