Diario de León
Publicado por
MANUEL GARRIDo ESCRITOR
León

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S eptiembre cernía sobre la mañana plácida esa luz estival ya declinante en la frontera inminente del otoño. Un autobús y varios coches descargaron en Villar del Monte a más de medio centenar de personas allí convocadas por el recuerdo de Concha Casado, fallecida en agosto. Otro día de septiembre ocho años antes, en 2008, había tenido lugar en este pueblo la dedicación de una calle-plaza con su nombre. Ella la recorrió entonces escoltada por los gaiteros de Corporales, capitaneados por el gran Moisés Liébana. Villar del Monte es un pueblo del municipio de Truchas, en la Cabrera Alta. Está en la ribera derecha del río Eria, allí donde el valle, pasado Truchas, dibuja un cuenco de suave y amplia ondulación, de modo que Villar ocupa un espacio apacible a media ladera. La emoción de tantos recuerdos agolpándose me trajo a la memoria el valle de Ancares, no importa que sean tan diferentes. Hace años Joaquín Díaz, acompañado por Concha, recogió en Pereda de Ancares de labios de una mujer una canción. Ahora de pronto me pareció que la canción, y digo el bello término dialectal para el toque de campana que lleva al corazón la noticia de una muerte, «en-cordaba» por ella. Esta era la voz «encordante» que decía: «Adiós, valle de Ancares (y yo ponía Villar del Monte),/ adiós te digo./ Adiós, árboles verdes/ de junto al río (y yo: junto al molino/… Tengo el amor ausente/ y estoy llorando la despedida/… La despedida es corta,/ la ausencia larga…»

El grupo de amigos convocados por ella recorrió el pueblo precedidos por los gaiteros de Corporales, aunque ya por desgracia todos, ellos y nosotros, huérfanos del viejo maestro. El recorrido nos llevó a lo alto del pueblo, donde está la iglesia parroquial, dispuesta en perpendicular al caserío con su cabecera ortodoxamente orientada al este, centinela del valle. Su estructura de gruesos muros, que multiplica ángulos de líneas cortas en planos diferentes para significar la planta de cruz latina y conseguir la elevación de la cúpula, con la torre en espadaña del campanario a los pies, dispara la percepción de una estatura ideal muy por encima de sus dimensiones reales más bien modestas. Está dedicada a San Esteban («corona» en el griego original) y eso es lo que significa su posición en lo alto, corona del bello pueblo así por ella protegido desde tiempos remotos. Y allí sonaron largamente las campanas. No fue en realidad un tañido a «encordar», porque no se trataba ahora de llevar a los campos de Villar la noticia de una muerte. Lo fue sin embargo, porque esta voz de esencia tradicional rural y campesina cernió su recuerdo como una siembra en esos campos ahora baldíos, corazón de centeno y piel de brezo, sobre los pajares que acompañan a la iglesia, las casas con los hornos recubiertos de rubia arcilla, los nogales y castaños y el reguero que por el medio baja, cantor y peregrino. Y entonces, al igual que a Quevedo, también a nosotros nos fue imposible hallar cosa en que poner los ojos que no nos la recordara.

La peregrinación (real en cuanto al sentido del término como «camino por los campos», si no campo a través), siguió después rumbo a la Cabrera Baja, y ya por la tarde se celebró en Robledo de Losada una misa en recuerdo de Concha. La iglesia de este pueblo fue restaurada el año pasado y ella ya no pudo conocerla, pero tiene todos los ingredientes para que se hubiera sin duda sentido satisfecha y orgullosa al comprobar así plasmada la huella de su influjo en la conservación del patrimonio. Se tiende ante la iglesia un puente que por fuerza, aunque no en su factura actual, remite a los tiempos romanos de los canales que llevaron el agua hacia las Médulas. Persisten huellas de dos de esos canales, así como otras más recientes, del tiempo en que esta tierra era señorío del marquesado de Villafranca, con su casa de gobernación en Quintanilla de Losada, a un kilómetro de aquí. Un retablito neoclásico de finales del XVII da fe de esa relación. La restauración incluyó la novedad singular de un artesonado de aire nazarí que recorre toda la nave en forma de entrelazado octogonal liso. En Cabrera hay otros dos, en la iglesia de Trabazos y en la ermita de Biforcos, en Ambasaguas, pero estos recubren solo la cúpula con artesones cuadrados y moldurados.

Y fue allí donde sentimos (y digo el verbo en el sentido popular, que aúna la audición puntual y el largo estremecimiento) «encordar» una tercera vez, cuando D. Samuel Rubio incendió el recinto sacro con el resplandor de su canto. Palpitaba Concha en la belleza erizante de la voz del maestro leonés, Concha entera desde que, niña de unos diez años, allá por 1930 o 32, estuvo en Nogar, muy cerca de aquí, para la Virgen de agosto, hasta este instante único, dibujada con fragmentos de los viejos campos amados en otras voces, otros cantos: «un castaño de ensueño entre los abetos de hielo» o «nieve recién caída, nieve que está cayendo». Y allí mismo tras el largo acorde literalmente encantado de música y poesía, nos despedimos de la mujer «encordada», que, al estilo del mallorquín Cristóbal Serra, ella también, «cansada de sus límites, escapó hacia lejanos confines».

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