Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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E l Bierzo fue la tierra de los mineros. Y de los que no eran mineros pero amaban la minería; la respetaban profundamente. Porque formaba parte principal de la vida, los sueños, el dolor y la riqueza de un valle que ya es minero desde las Médulas, hace dos mil años. Sin contar el tiempo de los astures o los celtas.

Pero esa pujanza ha desaparecido. Brutalmente. Y ya solo quedan mínimas explotaciones, o unos cielos abiertos que ahora, al parecer, están en paro técnico. En realidad, no queda casi nada de la minería del carbón. Los pozos se cerraron, los trabajadores se jubilaron y lo que perdura son sus catedrales de hierro, esos enormes tinglados que testimonian su esfuerzo y su valor. También la capacidad de los ingenieros, la ambición de los empresarios, la innovación tecnológica y muchas otras verdades que se resisten a caer en el olvido. Y en la primera fila de esa lucha contra el olvido están los mineros. Entre ellos, los viejos mineros del Pozo Julia, el más ilustre de la cuenca del Alto Cúa, donde llegaron a faenar 1.300 trabajadores. Y cuyas instalaciones en buena parte se pueden visitar. Gracias también al apoyo que lpresta el ayuntamiento de Fabero a la asociación minera.

Hace días mis amigos faberenses César Argüelles y Manuel Enríquez me llevaron a ver el Pozo Julia; sus instalaciones exteriores. Allí nos esperaba José, experto minero. Que nos abrió las puertas de la sorprendente nave donde los trabajadores colgaban a secar sus prendas laborales, que izaban a varios metros de altura. También José nos enseñó muchas otras dependencias y, en particular, las estancias que guardan las máquinas compresoras, o las gigantescas ruedas donde se enrollan los cables negros y aceitosos que subían y bajaban constantemente los ascensores hasta una profundidad de doscientos cincuenta metros. Elevadores que utilizaban los mineros y también las vagonetas que llevaban la antracita. Por si fuera poco, la asociación minera faberense ha construido una galería que permite conocer, con gran detalle, cómo era el trabajo de estos héroes bajo tierra. Solo puedo decir, después de caminar por ella, que nunca vi una recreación más fidedigna. Ni más impactante en su sólida sencillez.

El Bierzo aún guarda una gran riqueza arqueológica industrial, y eso que mucha se ha perdido. Pero lo que queda aún es muy valioso, tanto `para el corazón de los mineros como para la historia fabril del Bierzo. Y para la curiosidad de cualquier persona interesada en un trabajo tan singular y extremo. Es posible que las instituciones no puedan invertir ahora gran cosa en ese esfuerzo minero y cultural a un tiempo; es un asunto pendiente. Pero mientras los tiempos mejoran, los mineros defienden con amor la memoria de su trabajo; ellos nunca se van a retirar de esa tarea. De ese orgullo, de esa dignidad, de esa emoción.

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