Diario de León
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LA VELETA MANUEL ALCÁNTARA
León

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N o eran más de 200, que es un número suficiente para oír una conferencia y sobre todo para hacer imposible que se escuche. Optaron por la mejor solución: que no se pronunciara.

El expresidente del Gobierno, Felipe González, y el presidente de Prisa y de El País , Juan Luis Cebrián, no pudieron decir nada.

Los que discrepaban de antemano llevaban la cara tapada, pero lo que querían era taparle la boca a los conferenciantes. Este tipo de sucesos cochambrosos son, según Pablo Iglesias, pequeños altercados y mera protestas estudiantiles.

Quedan lejos los tiempos en los que el gran Blas de Otero pedía la paz y la palabra y más distantes aún aquellos en los que el grandísimo Miguel Hernández dijo eso de «tristes armas si no son las palabras».

Los enmascarados insultaron gravemente a los frustrados oradores. Están convencidos, en su irreparable estulticia, de que son culpables de que el Partido Popular siga al frente del efímero Gobierno.

Eso de amaestrar borregos hasta conseguir que embistan tiene sus consecuencias. No basta con cambiarlos de redil, ni plagiar algún que otro eslogan que tenga más arrastre que el casi cortés ‘no sois bienvenidos’. Se confirma aquello que dijo Tolstoi de que los estudiantes no hacen revoluciones y se limitan a hacer algaradas. Sobre todo si no estudian.

Los sucesivos barullos que presenciamos hacen olvidar los que se están viendo venir porque el presente es una «poderosa divinidad».

Ni siquiera oímos al ministro de Exteriores en funciones, García Margallo, que nos dice dos cosas con cierta insistencia: que con 137 diputados será casi imposible proponer iniciativas y que sin aprobar los presupuestos habrá nuevas elecciones. Susana Díaz, que dicen que está estudiando primer curso de Mariano Rajoy, pide ahora que se haga efectiva la disciplina de voto.

Nosotros no sabemos qué pedir. Ni la paz ni la palabra le han salido gratis a nadie y andamos mal de dinero. Peor que de rodillas.

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