Pinilla
L eón tuvo grandes gerifaltes de antaño. Individuos que ocupaban portadas y páginas interiores de los diarios. Ególatras diversos, algunos violentos, otros meapilas. León tuvo, como todas las provincias de España en los tiempos de Franco, reatas de halcones ultramontanos y falangistas cuyas costumbres y bandos parecen venir no de los años 40, 50 y 60 del pasado siglo, sino del tiempo de los visigodos.
En la memoria del niño que fui quedaron, como espantapájaros del poder y sus abusos, o como leguleyos de la religión y sus arengas, una serie de personajes cuyos nombres y apellidos no se terminan de ir del todo. Tipos campanudos que siempre me llegan acompañados de burda música militar, o de coros agudísimos de mujeres beatas y provincianas, algunas bastante ricas y casi todas muy perdidas para la libertad y el mundo. Pienso, por ejemplo, en aquel obispo Luis Almarcha Hernández, que viajaba siempre en un Mercedes negro (Coche que el otro día, por cierto, vi en un taller de Gijón, el mismo coche de 1957). Luis Almarcha, el pariente lejano del gran poeta Miguel Hernández, y a quien no pudo sacar de la cárcel. O no quiso, o no supo, o no sé qué. En todo caso, aquel alicantino tuvo mucho predicamento en la dictadura. Tanta, que fue uno de los prelados que se sentaban en las cortes franquistas, aquella broma mussoliniana de la que hasta el propio dictador se burlaba con su habitual cinismo.
Tampoco he olvidado la cantinela de los apellidos de los gobernadores civiles que reinaron en la provincia en los tiempos de plomo. Sus linajes se quedaron también por ahí, en el recuerdo del niño, como una música aburrida y pretenciosa. Nombres que cuando los escuchábamos por la radio, siempre iban acompañados de grotescas loas comarcales y de aspavientos que casi se veían a través de las ondas de la Falange o del oscurantismo.
Uno de los mandamases del régimen que nació de la cruenta guerra civil fue el jurista Carlos Pinilla. Este hombre mandó mucho en León cuando yo aún no había nacido, pero dejó huella. Era un zamorano de las JONS que llegó a ser nada menos que senador entre 1979 y 1989, tras la larga noche del fascismo. Ese episodio final de la vida del joseantoniano del Duero no le libra de su pasado franquista, pero sí le confiere una casi póstuma patina democrática, porque fue elegido por sus paisanos.
¿Sirve esa excusa para que siga llamándose Pinilla el gran barrio que comparten San Andrés del Rabanedo y León? ¿Es lógico que un señor que apenas estuvo en la provincia dos años antes de enrolarse en la División Azul diera nombre a un montón de calles donde viven cinco mil habitantes casi ochenta años después del vanidoso bautizo? Pues muy probablemente no. Porque hay infinidad de nombres mucho más adecuados para esa barriada. Y aunque dé pereza abordar ese cambio, está más que justificado.