Diario de León
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EN BLANCO. JAVIER TOMÉ
León

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A día de hoy, León trata de plantar cara a su incierto futuro mientras contempla con abulia como nuestro rico pasado se pone a la venta en almoneda, y casi a precio de saldo. Uno casi no da crédito a esta realidad que te derrite el corazón, pero lo cierto es que el majestuoso plató escénico y monumental que fue muchos siglos atrás sede de un imperio, se ha ido convirtiendo en el trastero de un chamarilero que ofrece de rebajas joyas tan icónicas como los palacios de Gaviria y Jabalquinto, o la sensacional Casa de las Carnicerías, emblema de aquella capital ataviada con los más bellos y arcaicos ropajes arquitectónicos. ¡Jolín! Y perdonen por tan fea expresión, pero debemos reconocer que la cosa resulta más fea que quitarle el kimono a un japonés. Aunque a veces soy un panoli idealista, lo reconozco, la verdad es que mires hacia donde mires, solo ves señales de tiempos nefastos. Algo que en modo alguno se puede achacar a la providencia ciega, sino más bien a que la autocrítica constructiva no forma parte del repertorio moral ni siquiera del catecismo personal de los políticos que nos representan.

Sin solución de continuidad se suceden penosas novedades que solo podemos aceptar a modo de chistes desafortunados. Porque si al hostal de San Marcos le rebajan los galones turísticos debido a sus tambaleantes y desvencijadas instalaciones, el teatro Emperador sigue durmiendo el sueño de los justos desde que en 2006 cerrara sus puertas al público. Una institución tan querida como inolvidable, que a mí me sugiere la polvorienta carta de amor y nostalgia remitida por aquel León del pasado que ya no existe. Vamos pasando progresivamente de la fiesta a la siesta, ante la absoluta dejación de funciones oficial, hasta el punto que la provincia leonesa apenas subsiste con respiración asistida. El capitalismo globalizador sigue generando infinitas miserias y cada vez más profundas desigualdades sociales, algo que se pone de manifiesto en una ciudad con tanta alma como León, cuyos edificios principales ya no nos sirven ni para presumir. ¡Ay, si Genarín levantara la cabeza!

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