Diario de León

TRIBUNA

La rúbrica idiota

(Carta abierta a Jesús Celis,. funcionario de la Diputación de León).

Pedro García Trapiello

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A tónito aún, no hallo explicación lógica al intolerable escándalo que montaste en el salón del Ayuntamiento durante la presentación de la revista de Promonumenta hace unos días interrumpiendo violentamente mi intervención con tales voces, que aterraste al personal. En otro caso te habrían desalojado de la sala al instante o avisado a la ambulancia del frenopático porque estabas enloquecido y desgargantado como si te hubieras dicho «este acto lo reviento por la puta cara y por mis cojones». Qué barbaridad, jamás vi tal. ¿Te enfureció tanto que expusiera la creciente convicción de que las diputaciones provinciales han de desaparecer por duplicar inútilmente competencias despilfarrando recursos, multiplicando burocracias y brindando ese clientelismo político y amiguismo que tanto nos arruinan y corrompen?... lo entiendo, es tu «empresa», la única a tu alcance… ¿o te sorprendió que pusiera el foco en el Instituto Leonés de Cultura que tú dirigiste un tiempo y cuya necesidad y función negué ya desde la misma redacción de su proyecto hace tres décadas por parecerme un andamiaje excesivo que engulliría la mitad de la ya raquítica inversión provincial en cultura?... y por venir al caso, cité la inexplicable circunstancia de que ese ILC le venga negando a Promonumenta (esa gente que se dedica a limpiar monumentos por la provincia altruistamente, vigilando y divulgando el patrimonio especialmente amenazado) una ayuda anual que empezó siendo de seis mil euros, después cuatro mil, la hundisteis a mil y, ahora, nada de nada… por antipática, seguramente… ¿o quizá te sublevó que dijera allí que en estas instituciones leonesas se viene gobernando con la vieja regla nacional de «al amigo, el culo; al enemigo, por el culo; y al indiferente, la legislación vigente», procacidad a la que suelo recurrir y por la que me disculpo, pero que resume como nada lo que pasa?... y en estas, te viniste arriba, de pie en el gallinero de aquella poblada sala, y arrancaste a vociferar de tal modo, que temimos que acabara saliéndote espuma por la boca… cielo santo, qué esparaván tan ridículo… y por toda réplica a lo que yo venía sosteniendo alegaste que todo-todo nacía de mi profundo resentimiento por no haber logrado nunca ser director del tal ILC, suponiéndose lógicamente que para ello tuve que trabajármelo, pelotear, urdir o pavear, lo que sin duda te será familiar… y que no tenía ni remota idea, que desconozco por completo esa diputación y la cosa cultural que se trae entre manos (o entre piernas); «no sabes nada», gritabas desaforado con mucho aspaviento… ¿no?, ¿cuarenta y cinco años escudriñando esa diputación por dentro, por fuera y por perifrástica, trabajando en ella o escuchando como periodista las confidencias de tirios y troyanos (no te imaginas cómo os ponéis a parir todos) no podrán permitirme alguna información y opinión al respecto?... tras imponer a lo facha tus gritos y despacharte, te exigí que te retractaras de la delirante imputación y, atreviéndote aún a más, aseguraste a gritos que era cierto, que tenías «¡pruebas, papeles!»… no podía creerlo, además de infame, resultaba que eras superlativamente tonto, pues te colocabas a lo bobo en la obligada tesitura de tener que presentar las tales pruebas para no quedar ahora como un lerdo falsario y calumniador idiota… ¿es que no sabías que jamás pudo apetecerme precisamente ese cargo?... serás el único… no fabules, sobra ahí fatiga inútil, avispero y falta de planes o sentido… y pude serlo, ya ves, o debí, al conminarme a que lo aceptara Mario Amilivia y José Antonio Díez cuando éste se hizo cargo de la Diputación, pero rehusé sin titubeos por coherencia y por haber dejado ya clara y publicada mi opinión sobre lo innecesario del invento, no era mi papel... ante mi negativa, se convocó un concurso al que se presentaron diez candidatos, declarándose desierto ante la escasa idoneidad de todos ellos, y como rehusé de nuevo, repescaron a uno de los descartados, me preguntaron, les di mi placet (ya me arrepentiría) y hubo director a la carrera, al que sustituiste tú (a dedo, naturalmente) cuando llegó al cargo tu amiguísima Isabel Carrasco… y a vivir… además, ¿cómo elegiste esa patraña de mi ambición por un cargo tan estéril como servil?... quien me conoce se desternilla, los cargos me dan cierta urticaria y tengo el culo pelado de ir a sillones oficiales (y giratorios, qué ilu); si repasaras mi «ridiculum vitae» verías además que en todos los cargos públicos y encargos institucionales que vine teniendo acabé presentando mi dimisión; de todos: del cargo de portavoz en León de la primera Junta de Castilla-León, a los seis meses (esperaba una oficina de comunicación y fue de propaganda); de director de Pallarés, un mes antes de nombrarme, y la definitiva a los diez meses (intentaron disuadirme a toda costa hasta con un «ten paciencia, que dentro de un año creamos la plaza y es tuya», lo que hizo adelantar mi huida al día siguiente); de consultor del centenario de las Cortes de León que organizaron desde Fuensaldaña, a las dos semanas (y tardé)… y a pesar de esta recalcitrante manía dimisionaria mía, todavía vino un día Isabelita con el consejero Emilio Zapatero (tío de Papes, ya sabes) animándome a que aceptara la dirección general de Turismo de aquel primer gobierno regional de Aznar (o estaban locos o estaban en un brete agudo, ¿director general yo?; pero al final vieron la luz)… quiero decir que jamás se me vio ni me verás dar un paso buscando un carguín o una gabela («a donde no me llaman, ¡qué coños me quedrán!»), por eso me ofendió gravemente tu colosal mentira y aquella rabia infantiloide, viva el infundio… y precisamente tú, que jamás confesarías cómo pillaste esa plaza en la Diputación o cómo colocar parentela... ni confesarás cómo extinguisteis el consejo asesor del ILC (lo único coherente del invento) para que así nadie interpusiera su mejor criterio en las decisiones, repartos o caprichos que instruye la inercia de ese monstruo de las galletas y de las subvenciones limosneras con solapa... ¿y qué decir de lo que haces o no en el yacimiento de Lancia, tan muerto y a la postre el único cometido real de un arqueólogo en la Diputación (tres años sin presentar la memoria ya tiene su delito)?… en fin, si en este vergonzante episodio delataste que la mentira y la mezquindad pueden latirte si pierdes los estribos, ¿qué no sospechar entonces de tu gestión institucional?, ¿añadimos ahora a tu hoja de servicios la indignidad del difamador y la anchura del tonto?, ¿pedirás disculpas a las autoridades presentes y aquel público al que escandalizaste y engañaste?, ¿reconocerás que fabulaste la mentira a gritos indignados para que el auditorio diera por incontestable que la bilis inspira mis opiniones?, ¿no será alguna vieja tirria que me tienes y no se confiesa, pese al trato cordial y piadoso que en tantos años y en todo momento te he dispensado?... hombre, puedes decir que fue fruto del acaloramiento y quizá alguno te lo acepte como atenuante... en cualquier caso, es la rúbrica idiota que le faltaba a tu simpático currículum… aunque lo que apena (o escandaliza) es ver que por culpa de tu gratuita y chulesca conducta se afee aún más el prestigio de una Diputación que, aún así, te seguirá pagando, se merezca o no (es la gracia de la plaza «en propiedad», qué gracia).

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