Diario de León
Publicado por
río arriba miguel paz cabanas
León

Creado:

Actualizado:

L a verdad es que cuando leí lo de la enésima prohibición de la iglesia católica (¿no se cansarán nunca?, qué barbaridad), esta vez sobre el uso que se debe dar a las urnas y las cenizas de los difuntos, pensé que se trataba de una contribución higiénica para la conservación de nuestro hábitat, en el sentido de impedir que la gente arroje restos de familiares que en vida acumularon todo tipo de excrecencias y detritus orgánicos (porque hay que ver lo que beben y comen algunos cuñados), o incluso para evitar escenas grotescas como esa que protagoniza el inolvidable El Notas en la peli de los hermanos Coen El Gran Lebowski , cuando al intentar arrojar las cenizas de un compañero por un barranco el viento se las devuelve a la cara. Pero no, por lo visto las razones son menos pragmáticas y aluden a una especie de cruzada contra las supersticiones (que, curiosamente, es el nombre que algunos le dan a la religión) y otros motivos ecuménicos de difícil comprensión.

Ya son ganas de orinar fuera de tiesto, o de urna, precisamente cuando todos presumíamos que este Papa nacido nada menos que en el barrio bonaerense de Flores, se asociaría más a pensamientos y amapolas que a crisantemos ajados. Pero, una vez más, parece que el hábito sí hace al monje y que el peso de la púrpura y la mitra no es algo que se pueda ignorar así como así.

Bien es cierto que, como reflejo apodíctico de los tiempos ridículos que vivimos, hay muchos sujetos (sobre todo en USA) que se dedican a hacer todo tipo de majaderías con el molde donde conservan los restos de los suyos, incluyendo urnas con forma de colt, submarinos o máscaras de Darth Vader. Algunos llegan a serigrafiar objetos obscenos, o peor aún, frases almibaradas extraídas de algún ominoso libro de autoayuda.

«Polvo eres, y al povo volverás», se dice sin contemplaciones en el Génesis, con esa poesía macabra y desoladora que tanto nos ha conmovido literariamente a muchos y que, sin embargo, estos chicos del Vaticano quieren convertir en otro de sus preceptos infumables. Ah, Dios mío, cuándo dejará el clero de meterse con las costumbres de los hombres, con esa particular devoción que sienten por todo lo relacionado con el sexo y ahora, por un prurito fúnebre que nunca han abandonado, con mis cenizas. Desde aquí, humildemente, les invito a que se retracten en un razonable lapso de tiempo y que no caigan en la tentación de esperar otros cuatro siglos y medio para disculparse como cuando lo de Galileo. Yo, entre tanto, dejaré escrito que arrojen mis cenizas en Las Murias de Babia, en un modesto pedazo de tierra que lleva por nombre Las Calabazas: por si alguna vez vuelven a crecer allí, milagrosamente, carrozas enanas o lentejas.

tracking