TRIBUNA
Los totalitarismos blandos

A la pluma de Iñaki Ezkerra debemos un libro esclarecedor donde se desnuda en prosa elegante y convincente el embeleco de los populismos.
Ya el título (que es el de este artículo y está publicado por La Esfera de los Libros hace pocos días) es un hallazgo y el mejor resumen de su reflexión: los totalitarismos del pasado, los duros, el comunismo y el fascismo, eran enemigos de la democracia y así lo proclamaban sus primates sin pudor cubriéndola de improperios y descalificaciones en sus discursos histéricos. Nadie podía dejarse engañar.
Los actuales son sin embargo blandos, falaces, dan el gato de la democracia por el gatuperio del asambleísmo y referendismo como punto de llegada al ejercicio del poder por el pueblo. Y embaucando por esa vía empiezan a rebañar jirones y jirones de la adecuada representación popular para quedarse al final con el santo de la manipulación y la limosna de una promesa (a incumplir). «No es que los apocalipsis constituyan una especie reacia a la reedición pero quizá cuando son más temibles que nunca es cuando se producen de un modo dilatado en el tiempo, o sea, cuando no parecen tales y no lo son como tales, pero encuentran su sustitución en un largo y lento proceso de destrozo exento de dramatismo». Así, Iñaki.
Lo de «blandos» a mí me recuerda también a los relojes blandos de Dalí pues la prosa de Iñaki Ezkerra tiene algo de ellos al presentar lo consistente y grave, el reloj que marca las horas y no detiene su camino, con la elasticidad que permite la prosa que transita por los territorios vívidos de la imaginación narrativa: «no se puede hacer una denuncia del populismo si a la vez no se denuncian todos los rasgos populistas que hay en una sociedad y que han servido para que parezcan presentables la alternativa populista y una señora (se refiere a la alcaldesa de Barcelona) que comenzó su carrera pública disfrazada de abeja Maya en el más puro estilo Ruiz-Mateos».
Es el odio un ingrediente central de estos totalitarismos, el odio al adversario convertido en diana sobre la que se dispara toda suerte de rencores mientras se ensalzan sin mesura a los compañeros de aventura, a los amigotes por más que hayan recibido subvenciones de gobiernos poco democráticos o becas con las que escribir tesis doctorales que nunca ven la luz... es igual, lo relevante es fabricar ese odio a la casta que es el gran fetiche porque, adviértase, casta somos todos menos ellos.
Casta a abatir, a desposeer de sus privilegios como una escoria que ha de ser barrida para que florezca el vigor y el impulso puro y sin contaminar de la «gente».
¡Ah, qué pereza oír estos discursos tan gastados por esa trituradora que es la Historia!
Seriedad máxima pone Iñaki Ezkerra cuando hurga en la herida —mortal— del nacionalismo vasco y de los matarifes que le sirvieron de coro, aquellos que tuvieron a su cargo la ejecución del «bajo continuo» destinado a que no decayera la fiesta siniestra, en la que el propio Iñaki se vio involucrado. Y reta al nacionalismo vasco a que se desprenda del legado dejado por escrito por el racista Sabino Arana de la misma manera y con la misma valentía con la que Felipe González se sacudió ese ungüento marxista que aquellos jóvenes desorientados querían aplicar a cualquier purulencia de la sociedad.
El libro de Iñaki no es ungüento ni lo pretende. Ni siquiera medicina a expedir con receta. Es diagnóstico sereno de los peligros que corre una sociedad si no quiere beber la absenta —el hada verde— del totalitarismo. Aunque sea blando y venenoso como una medusa.