Diario de León
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EL BAILE DEL AHORCADO. CRISTINA FANJUL
León

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Hay dos libros. Los dos ven las cosas de manera parecida, pero eligen caminos diferentes para hacerlo. Ambos hablan de basura: blanca, negra y mestiza. El primero de ellos nos pone delante de un espejo de feria, de esos que retuercen la imagen. Quien se mire en él, se dará de bruces con desechos de todo tipo: ilustrados, delincuentes, esclavos... Víctimas y verdugos forman parte de distintos contenedores, pero su naturaleza y destino es el mismo vertedero.

El segundo también canaliza la historia a través de la mugre. En este caso la basura de la sociedad es esa clase blanca y racista, empobrecida e incapaz de hacerse cargo de su propia vida a no ser por el rencor ante un mundo que no comprende. Una de las novelas cree en la redención y en la catarsis de una comunidad a través del sacrificio, la otra, no.

Cuando se publicó la primera, la autora de la segunda era aún una niña. Se escribieron con treinta años de diferencia pero están ambientadas en la misma época y en el mismo lugar: ese espacio brumoso y decadente parido de una derrota meláncolica que en la novela se dibujó con un estilo conocido como gótico sureño. Santuario es la cruz de Matar un ruiseñor, pero forman parte de la misma moneda: no ya la de la historia de Estados Unidos sino la del mundo occidental. Porque ese gran sur no es tan sólo el de Alabama, Tennessee o Nueva Orleans. El gran sur convive junto a nosotros. Es nuestro vecino de al lado y no representa únicamente? a los primacistas (trash), a la basura blanca a la que Atticus sentaba a su mesa para explicar a Scout y Jem que la compasión también iba con ellos. No tan sólo. La basura blanca está entre nosotros y ha llegado para quedarse. Puede que en los próximos años su bacilo se extienda y muchos de los que nos creíamos inmunes también suframos la peste. Porque la basura no tiene raza, no tiene ni edad ni profesión sino que se licúa entre todas y es por eso que es tan difícil de localizar. La incertidumbre es su combustible y el miedo de los buenos, su motor. Hay muchos principios, pero la libertad y, sobre todo, el libre albedrío son fundamentales. Los esclavos prefieren las certezas. Siempre.

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