El trumpazo
L o único que sabemos de Donald Trump es que no sabemos nada. Ni quién es en realidad (¿la apisonadora de la campaña o el condescendiente presidente electo?); ni qué pretende hacer (¿acaso lo sabe él?); ni hasta donde su real voluntad será capaz de imponerse, aún desde el absurdo, a las lógicas diplomáticas y estratégicas. Ni siquiera ‘los mercados’, que sobrereaccionan a todo aleteo de mariposa, han sabido cómo aterrorizar ahorradores con otro maremoto que dé la vuelta a todo. Cierto es que se han dado tantas que ya nadie sabe si toca ahora que el calcetín esté del derecho o del revés.
Provocador y/o inexperto en las altas lides que le toca dirigir; constructor de muros para latinos y/o rey del agasajo a reinas de la plastibelleza emigradas también, pero altas, rubias y cuyas proporciones sin tapujos están a disposición de cualquiera en la red. Defensor del proteccionismo de sus particulares intereses económicos; pero de la globalización si se trata de imponer lo que sea y donde sea fuera de los estados juntitos que le han aupado al trono de los tronos universal. Convencido de que el cambio climático es una patraña de hippies, que es la mejor convicción para hacer de su capa (de ozono) un sayo y ceñir los cálculos industriales a un despreocupado pero rentable, para él y los suyos, corto plazo.
No sé si me da más miedo el Trump del perpetuo exabrupto o el inesperado conciliador y razonable del discurso de la noche electoral y el encuentro con Obama. El candidato que dijo que no aceptaría los resultados si perdía o los manifestantes que desde esa noche se protestan porque no quieren este presidente. Bonitos ejemplos todos de respeto a la democracia.
Lo que queda, en todo caso, es una llamada a la reflexión a la que nadie somos ajeno. No lo es desde luego el vergonzante tinglado español, por más que ahora se quiera sacudir las sandalias para aparentar una normalidad que ni se ha dado en los últimos meses ni se dará en los próximos. Ni lo que salga de las urnas en las próximas citas europeas, que pondrá en evidencia lo inaplazable del asunto.
Lo que se cuestiona es la legitimidad de las instituciones y la lealtad de los gobernantes. Si los ciudadanos nos hemos vuelto impredecibles y suicidas, a qué esperan los guardianes de la res pública no ya para tomar nota, que llegan muy tarde; sino para reaccionar.