TRIBUNA
¿Es ‘la gente’ un concepto jurídico?

P ara contestar a la pregunta de este título hay que decir rotundamente ¡no!. En todo caso sería una circunstancia sociológica, pues ya el diccionario se cura en salud y dice que la gente es una pluralidad de personas y que puede llamarse, «gente de bien», «gente menuda» «buena gente», etc. Es decir que se la gente se identifica con la masa, la muchedumbre, el gentío, la multitud. Y al hablar de masa no tengo más remedio que citar a Ortega que comienza —en La rebelión de las masas— diciendo que «… las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad».
Por ello, apoderarse de la representación de la gente —como hace un partido político— es no representar nada, sino una muchedumbre que por su propia naturaleza no puede subsistir políticamente no siendo que se organice y que se autogobierne a través del voto, esto es, la democracia. La ‘gente’ desorganizada acabaría en lo que Unamuno llamaba «oclocracia» y añadía que es «una soberanía de la muchedumbre, y de la muchedumbre analfabeta». Para disimular el concepto espurio de «gente», lo llaman democracia participativa. No entienden que tal expresión es una sinonimia, pues toda democracia es «participar» en el gobierno común o no es nada. Los apellidos que se da a la democracia: social, participativa, etcétera, lo que hace es enmascarar el «demos» (pueblo) para situar el poder único y totalitario. Porque no hay otra manera de participación legal y legítima que a través de las elecciones democráticas; lo demás es eso, la gente, la masa, la muchedumbre.
Como es sabido, la sociedad se rige por circunstancias jurídicas, de forma que las personas se encuentran en cada momento en una situación sometida a normas. Nuestras leyes nos llaman vecino cuando somos sujetos de derechos o deberes municipales; como administrado o interesado en un expediente administrativo, como sujeto de derechos es un ciudadano, tal como lo describe nuestra Constitución en el artículo 9: «Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico». Lo que es un concepto jurídico es el de ciudadano y muchos más al estar juridificado en el concepto de pueblo. De tal suerte que el único sujeto soberano y legitimado para ser un ente jurídico es el pueblo, a saber: «La soberanía nacional reside en el pueblo español» y que está representado en las Cortes Generales. Eso es lo que dice la norma jurídica y que nace por consenso democrático. El resto de las apetencias, ideologías, muchedumbres o lo que llaman sociedad civil, son manifestaciones sociológicas sin entidad ni legitimidad política.
No obstante, no hay que confundir a la gente con el llamado ‘Derecho de Gentes’ (ius gentium) o lo que modernamente se conoce como la relación entre los estados o la sociabilidad entre los hombres, proveniente del Derecho Natural. Pero decir que se es representante de la gente, es arrogarse un derecho que al no nacer del programa mundial de la poderosa y omnímoda categoría del pueblo, es espuria en su propia nacencia. Aunque a nosotros no nos gusta el término de Casa del Pueblo, pues la única representación del pueblo está en la ‘Casa’ de los vecinos que es el Ayuntamiento, no es dable decir que hay una «casa de la gente», así en abstracto. La denominada gente de un partido político, no es nada sino está ideologizada o en, resumen, sino se encuentra dentro del entramado de un partido político. De esta manera —apoyados en la ideología— se puede dar la batalla de las ideas, el contraste de la ideología, en definitiva la controversia intelectual y humanizada.
La apoyatura en «la gente», en la muchedumbre o en la masa para separarse del lugar de la ideas —el Parlamento— o agitar la calle, es secundar las antiguas ideas de Sorel cuando afirmaba que «No vacilo en declarar que el socialismo no puede subsistir sin una apología de la violencia» (Reflexiones sobre la violencia, 370). El partido político que, en una democracia, defienda la algarada callejera se sitúa extramuros de la convivencia, por mucha dialéctica con que se exprese, por muchos adeptos que tenga o por las variadas argumentaciones que explique, siempre estará fuera de las fronteras de la auténtica democracia. Es muy fácil enardecer a las masas —a la gente— lo difícil es convocar a la reflexión y al ejercicio del intelecto. Ya está muy visto el argumento del provocador de la muchedumbre , es una copia exacta de las teorías marxistas, pues no en vano se lo enseñaba Stalin: «… en política para no equivocarse, hay que ser revolucionario y no reformista» (Sobre el materialismo dialéctico…).
Es cierto que a una sociedad no se la puede encorsetar en una misma ideología —totalitarismo— pero sí existen —y están constitucionalizados— los partidos políticos, éstos son el cauce de la convivencia social. Apartarse de esta sociabilidad es destruir el pueblo organizado y ensalzar a la masa cuyo cauce está regulado a través de la legitimación en el lugar oportuno que es el Parlamentos. Por ello, se concluye que es el pueblo el sujeto de adquisición del derecho a decidir, del deber de procurar el bien de la comunidad, intelectualizado, cultivado y eficaz, para que se cumpla lo que hizo decir Benavente a Desterrado (La ciudad alegre y confiada ), «los gobernantes son hechura del pueblo, jamás el pueblo de los gobernantes».