Diario de León
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HOJAS DE CHOPO ALFONSO GARCÍA
León

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N o sé por qué el otoño de esta tierra me parece su tiempo más hermoso. Sospecho, casi con total seguridad, que sea el dulce color de la arboleda la razón definitiva de su belleza, instalada de forma sustantiva, en lo que a mi experiencia se refiere al menos, en las orillas de los ríos y en los bosques embrujados de los hayedos. Algunos de estos últimos se recrean, además, en y con la palabra. Así, en el caso del de Busmayor, con el milagro veraniego de los versos, gracias a la iniciativa de Carmen Busmayor. El faedo de Ciñera recuerda permanentemente en este paraje insólito el cuento de Josefina Díaz, «El carbón de Haeda». Añadir la belleza de la palabra a la del paisaje, en la medida que sea posible, es siempre un síntoma de excelencia.

El otoño del color habla, sin embargo, por sí mismo. Siempre viajo en estas fechas a mi tierra, exclusivamente para contemplar el milagro cromático que se encarna en las choperas centinelas de los ríos y en algunas laderas rematadas en roca a las que las hayas sacan el brillo de la intensidad y del contraste. Hay allí un viaje perseverante del verde a los amarillos intensos, ocres, anaranjados, bermellones… que rejuvenecen con dinamismo frente al verdor de los musgos o el gris plata de los troncos. Siempre los tonos cálidos que adquieren el protagonismo del paisaje, acentuados, además, si tenemos suerte, con la luz del cielo azulado y brillante. Entramos, desde la contemplación serena, en el reino de la tranquilidad, en ese que alguien ha bautizado, y no sé quién, como «misticismo otoñal». Ninguna duda de las lecciones de la naturaleza y la frescura de sus mensajes permanentes y cambiantes, una riqueza de aprendizaje inequívoco.

León tiene mil espacios para este gozo, ahora, además, que los hayedos son un valor en alza. Concretamente en Gordón las citas son igualmente abundantes, aunque el de Ciñera tenga ya su nombre inscrito en la lista de visitas obligadas. La última vez que lo visité, especialmente en las pozas, pasado el puente, la presencia masiva dejaba ya sus huellas en botellas, latas, plásticos… Los vecinos —y no les falta razón—, como informó este periódico, temen que el faedo se degrade progresivamente. Está claro que el respeto por la naturaleza y el más mínimo sentido común por su conservación exigen una actitud decorosa. Entonces será posible en la zona, por ejemplo, la creación de una «Ruta de los Hayedos», sin duda una verdadera ruta de asombros y de emociones.

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