Diario de León
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SILUETAS gonzalo ugidos
León

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N o solo el populismo es más antiguo que el rodapié de las cuevas de Altamira, también lo es esa perversión que se le atribuye llamada posverdad desde que hace tres lustros el sociólogo norteamericano Ralph Keyes publicó un libro con ese título. Se refería a que el personal prefiere una mentira que consuela a una verdad que confunde. O sea, la emoción como relajante de los calambres de la razón. O sea, comulgar con ruedas de molino. Nada nuevo.

Dice Marina que «lo nuevo es que una falsedad sigue siendo aceptada a sabiendas de que es una falsedad, porque no se considera importante que lo sea». Pero no sé dónde está la novedad. Esa impostura tuvo tanta aceptación en el pasado como ahora; de hecho, en los tiempos en que la vieja Berta hilaba pocos tenían el cuajo de cuestionar que el Sol giraba alrededor de la Tierra. Lo mismo pasa con los placebos de la homeopatía, con jugar a la lotería o con votar a los que prometen un mundo mejor en dos patadas y una cursilería. Nada de eso cura, nada de eso salva, pero alimenta la esperanza. Total, un buen desayuno, pero una mala cena. Eso es la esperanza.

Los populistas están ganando la batalla de las palabras, que empiezan a significar lo que ellos quieren que signifiquen. El poder de las palabras da el poder, y viceversa, como sabe Errejón: «Las palabras son colinas en el campo de batalla, quien las domina tiene la mitad de la guerra ganada». También lo sabía Humpty Dumpty. Cuando Alicia le objetó que las palabras no pueden significar cosas diferentes, el huevo antropomórfico puso el dedo en la llaga: «La cuestión —zanjó— es saber quién manda, eso es todo». Manda la mentira que ahora se llama posverdad. Las melonadas usurpan el lugar de los hechos, el tarot a la ciencia y los contrabandistas a los aduaneros.  

Posverdad ha sido la palabra del año para el Oxford Dictionary, que la define como «situación en que las emociones y creencias personales influyen más en la formación de la opinión pública que los hechos objetivos». Vale para Trump, para el Brexit y para los que venden entradas falsas para falsos paraísos. Y se las están quitando de las manos no porque la gente no sepa que la están tomando por gilipollas sino porque cree que al menos esos impostores no son los mismos que aquellos patrocinadores de la verdad que ya los estafaron. La gente no es tonta, pero cuando se resiente acepta pulpo como animal de compañía. Si el personal se ha vuelto posverdadero y predispuesto a comulgar con ruedas de molino es porque como de nada le sirvió tener los ojos abiertos se apunta a la zambra de Quintero, León y Quiroga: «Sigue mintiendo, alma mía, para yo quererte a ciegas». Mejor el engaño que el desengaño.

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