Diario de León
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MARINERO DE RÍO. EMILIO GANCEDO
León

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A nadie puede asombrar el éxito que está cosechando el documental Mi valle, dirigido por dos realizadores de casi insultante juventud, Mario Santos y Lores Espinosa, que ni siquiera habían nacido cuando se produjo uno de los mayores crímenes medioambientales y sociales registrados en época de paz en la Europa Occidental, una destrucción de casas, existencias futuras y cultura popular como no se había visto desde el final de la guerra civil y mitad del franquismo. Si algo ha de sorprender, precisamente, es la tardanza en que una película como ésta compareciera, habida cuenta de la existencia de un impactante, brutal, material de archivo grabado en torno a la salvaje destrucción de Riaño y su municipio, y cuya difícil visualización deja el alma desolada y la razón, confundida.

El motivo de esta demora habría que buscarlo, digo yo, en que heridas como ésta son tan enormes, tan dolorosas para una comunidad, que necesita tiempo la cauterización —y nunca sanarán del todo, ved la colosal cicatriz de agua y cemento—, la asimilación precisa de años… y quizá también de visiones nuevas y conmovidas. Animo a los leoneses a que lo vean. Y a que brujuleen por Youtube y observen cómo volaron la torre de la iglesia; cómo cayeron, dignísimas en su morir, las viejas casas de corredor y horcón, y los hórreos a dos aguas; cómo enarboló Vicente la cacha frente a todo un pelotón de antidisturbios… Y a que paseen la vista por ese Informe Semanal de 1985 donde aparece un Riaño con aspecto de país del Este —land-rovers, ijadas, madreñas— y escuchen a aquella señora diciendo cosas como «esta montaña la han echado a perder» o «yo aquí me quedaré, porque no resisto ese golpe de salir de mi casa…».

Animo también a que la gente, que tanto se queja y se pregunta por el desgraciado sumidero de ocultación y parálisis en el que ha caído esta tierra, a que lea y analice sobre cuanto pasó aquí entre los últimos setenta y los primeros noventa, época clave para comprender lo que nos está sucediendo, y compruebe, quizá con estupor o creciente rabia, por qué el clamor a favor de una autonomía propia no fue escuchado; cómo pulverizaron Riaño, joya de la montaña; cómo promesas de reconversión acabaron cerrando minas, cuadras y silos sin moneda de cambio alguna, cómo, en fin, una sombra se cernió sobre todo un mundo.

Pero hoy se organizan campeonatos de paint-ball en antiguas explotaciones mineras y un barquito recorre el embalse bajo el pomposo nombre de Los fiordos leoneses. Tanto dolor, sangre y esfuerzo, ¿para esto? De verdad, ¿para esto?

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