Diario de León

TRIBUNA

También quiero escribir sobre el Toro de la Vega

Publicado por
Valentín Rodríguez Melón Aficionado taurino
León

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R econozco que estoy fuera del tiempo del interés periodístico sobre el tema. Esto tiene el inconveniente de que encontraré menos lectores posibles, pero quizás por esa distancia témporo-emocional en la que deseo instalarme, tendré la ventaja de unos lectores menos apasionados, menos aprisionados en un posicionamiento de lucha (atacante o defensiva) y más proclives a una aprehensión comprensiva del rito.

No puedo negar que este escrito tenga como base mi identificación con el taurinismo ni que la espoleta para su publicación haya sido la decepción causada por la sentencia del Tribunal Constitucional del 20 de octubre sobre la ‘prohibición de prohibir’ la Fiesta de los Toros, y dejaba abierta sin embargo a cada comunidad la posibilidad de ejecutar desde sus competencias particulares las modificaciones que considere adecuadas en materias que afecten a los espectáculos públicos como a la protección de animales..., lo que abre la puerta a todas las modificaciones posibles hasta la desnaturalización de la misma. Es decir no, pero sí.

La justicia, como siempre llega tarde (cuando se ha impuesto como norma de conducta político-ideológica), mal (no respeta algo por encima de la Ley que es el Patrimonio Cultural de un pueblo) y nunca, su sentencia fácil incluye una contradicción, es equívoca, ambigua, consentista como una persona melindrosa asustada que se deja chulear por el vocerío callejero y «políticamente correcta» deja al desnudo la Fiesta Nacional

¿Cuesta tanto trabajo pensar en lo que puede significar la existencia en pleno siglo XXI de un rito tan primitivamente representado en estas fiestas populares? No se trata además de un fenómeno aislado, a lo largo de todo el territorio español y de norte a sur, por tierras de Cataluña y Levante, Aragón y Navarra, las dos Castillas y Andalucía, decenas de pueblo hacen festejos semejantes de «un juego del toro» al que se conduce y dirige su carrera.

Este ceremonial es hoy festivo pero no hay que olvidar un pensamiento freudiano que aunque corregido nunca fue del todo negado: que lo sexual (festivo) se asienta sobre la autoconservación (satisfacción instintiva primaria). El final de este rito es la muerte del toro ya sea de forma directa (Tordesillas, Benavente, etc..), o se escinde la ceremonia y la segunda parte se representa y completa en la Plaza de Toros, (antes plaza del pueblo) en la que se ejecuta la muerte con un objetivo final: de uso del animal como aprovechamiento alimenticio.

No cabe duda de que estamos ante un Rito, y que como tal es muy probable que tenga un significado de recreación de una «historia» de un «tiempo sin memoria ni recuerdo».

No nos es difícil ver en la corrida de toros la traducción en espectáculo público de un rito iniciático y totémico de claro simbolismo sexual asentado sobre el instinto de conservación.

Y a mí, particularmente, no me es extraño aceptar la hipótesis de que en un tiempo imposible de definir, el actual toro bravo recorrió el territorio español como el «camino» obligado correspondiente a un animal migratorio, pero el hombre tuvo que «librarse de la llegada de este animal» a su territorio y para encauzarlo surgióla posibilidad de burlar sus embestidas hasta agotarlo y darle muerte para un festín carnívoro de la tribu. Esta es la base de auto-conservación del rito ¡Pueblo de Tordesillas! No es la primera vez que la historia te elige como Campo de Justas frente a la invasión de lo foráneo, como escenario de la rebeldía frente al abuso. ¡Os llamo a la justa rebeldía en la conservación de este vuestro —y nuestro— Toro de la Vega!

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