Diario de León
Publicado por
RÍO ARRIBA MIGUEL PAZ CABANAS
León

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E n algunos colegios de León, desde hace tiempo, se pone en marcha una insólita y maravillosa iniciativa con padres de niños escolarizados en infantil: nombrado su hijo protagonista de la semana, estos participan voluntariamente en una clase, durante la cual desvelan secretos de su retoño y aprovechan para mostrar destrezas relacionadas con su profesión, sus gustos o sus aficiones. El niño (o la niña) asiste deslumbrado a las evoluciones de unos padres que, por un día, salen del entorno familiar para transformarse en una especie de magos.

Los padres de Celia, que incluso han solicitado permiso en el trabajo, se lo han currado de verdad, y en esta mañana novembrina, con veinticinco niños sentados en la alfombra, organizan un espectáculo de sombras chinescas. Su pequeña está disfrutando como nunca y sus compañeros abren los ojos con una mezcla de júbilo y expectación. Por el aula, en fechas anteriores, han pasado otros padres con tambores, con bandejas llenas de dulces o con títeres insolentes y revoltosos. Por anecdótico que fuese, todos tenían algo fascinante que aportar.

No hay despliegue sentimental que iguale semejante experiencia. Confinados en ese pequeño espacio, alejados del ruido y las miserias de la vida, los padres de Celia, precedidos por otras parejas, representan un papel hermoso e inolvidable. Durante unas horas serán hechiceros, músicos, paisajes o exploradores. Habrán adquirido a los ojos de sus espectadores un rango súbito y legendario. Cuando, al llegar a casa, guarden el teatro de cartón en un armario, pase lo que pase, habrán dejado de ser los mismos: serán, en cualquier caso, mejores.

Cuando vemos las imágenes de Alepo, las escuelas demolidas y calcinadas, y cuando se retira la nube de polvo y descubrimos entre los escombros la silueta blanca de un niño, no solo asistimos a la violencia infinita de la guerra y a su hecatombe glacial y planificada. Es algo devastadora, insidiosamente peor: somos testigos de lo que ya no será posible, de lo que ha sido erradicado de la faz de la tierra y de los sueños que se desvanecerán para siempre: la posibilidad de que unos padres aparezcan con una mascota, saquen un conejo de la chistera o repartan trozos de un pastel grande como un mapa.

Los padres de Celia, los padres de los niños que una mañana se visten con kimonos o sombreros y hechizan a sus hijos con sus relatos y sus disfraces, son, sin saberlo, los héroes de un mundo lleno de tinieblas. Suben muy despacio por una escalera cuyos peldaños gimen lastimosamente, pero cuando alcanzan el final, mientras los últimos murciélagos huyen despavoridos, alzan la lámpara y, tomando de la mano a los niños temblorosos, se la aprietan con fuerza y sonríen.

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