Diario de León
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NUBES Y CLAROS. MARÍA J. MUÑIZ
León

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A mí Santa Bárbara particular se le apagó la velita hace ya dos años. Yo qué sé. Será casualidad. Desde entonces todo aquello que la santa protegía por estas tierras se ha ido definitivamente al carajo (con perdón de mi santito, que le ponía negro que escribiera palabrotas, y seguía riñéndome cuando las escupía).

¿Y ahora por dónde tiro? ¿Por la minería? ¿Por el pozo insondable de mis ausencias? No voy a ir por el desahogo del mecagüen, que me conozco.

No me resisto con el de la minería. Me soplan quienes han tomado breve y mínimo contacto con NadalBis que apunta con seguir la tradición al frente de la cartera energética. Esa que, desde hace ya demasiados ministros de demasiados gobiernos de (de momento) sólo dos signos políticos, establece para nuestra desgracia que el ‘otro vendrá que bueno te hará’ se cumple administrativamente con un entusiasmo y entrega que ya no nos tiene temblando. Total para qué, y para lo que queda... Aunque por otra parte da miedo. Siempre que pensábamos haber tocado fondo en el despropósito, se apoltrona otro que desde su desidia o su fastidio no pasa de este grano en ya saben dónde que somos, sino que se empeña en extirparlo. La pupa se extiende timorata muy lejos de las zonas vitales que preocupan a la cartera ministerial, pero infecta de desolación a comarcas y gentes que sufren más por la indiferencia que por la negación de un futuro que ya hace mucho que tienen asumido que no existe.

No quiero enredarme con las ausencias. El tiempo lo cura todo. Pero ¿cuánto tiempo? El que sea necesario, porque estas son las despedidas lógicas, sin resentimiento. Pero pérdidas, al fin, por más que en herencia nos hayan regalado una piña familiar que puede con todo y compensa todo.

Pérdidas (nunca olvidos) que supongo que duran tanto como nos empeñemos en amarrar y no dejar ir en paz a lo que ya no está. Aunque sepamos que nunca van a abandonarnos del todo, pese a que en ocasiones las notemos tan cerca que seguimos sintiendo su tacto en nuestra piel.

Supongo que, donde esté, tenía que seguir cuidando a mamá. Y viceversa. Sin queja, la fortuna fue enorme. Tanta como la añoranza que deja. De momento, sigue tronando. Putos truenos del 4 de diciembre (con perdón).

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