TRIBUNA
El Jarro y literatura
H ace unos días, Pedro Trapiello, se refería en su extraordinaria columna de Cornada de Lobo a la Peña El Jarro en la que fue Bodega Regia en la Plaza de las Tiendas (lo que hoy es la Plaza de San Martín en el Barrio Húmedo). En efecto, allí las tardes de los domingos era una gozada los cantares leoneses de una peña —denominada más tarde El Jarro— que se parecía mucho —y lo superaba— a lo que en el País Vasco llaman «Ochotes», o un grupo de amigos que a la voz de ¡vino! cantaban en armonía las más variadas partituras del cancionero leonés. Y eran, en efecto, muy profesionales, pues todos ellos pertenecían al coro universitario que por aquel entonces dirigía el Padre Pastrana. Allí coreaban Tejerina, Colás, Chimi, Fama, el —entonces— joven Luque y tantos otros, a «la luz del cigarro voy al molino» y que en aquella vieja mazmorra que de prisión medieval o calabozo judío pasó a ser eco sonoro de las notas —siempre acordes— de las voces mozas de quienes —¡ay!— ya han desaparecido casi todos.
Pero se olvida Trapiello —por su niñez de entonces, ¿había nacido?— que en aquella mazmorra y en aquel lugar— quizás unas dos horas antes de los cánticos, se reunía otra peña denominada La Ceranda —en castellano Zaranda— depretensiones literarias que anterior a la jarra de vino peleón y, quizás con un café y copa, discutían y pontificaban de literatura, arte y lo que se les pusiera por montera. Allí recuerdo a los pintores Antonio Redondo y Perlétegui, al ahora doctor Martínez Santos, al difunto Tejón… y a tantos otros que andaban al socaire del soneto y las octavas. Es más, se estableció un premio denominado La Ceranda de Oro, una especie en insignia para llevan en la solapa de la americana y que, creo, solamente se concedió un año.
Estamos, en efecto, a mediados de los años 50 del siglo pasado, y que en las tardes de los domingos coincidían estas dos peñas, una a la que denominamos La Ceranda, (creo que todavía está colgado un cedazo en aquél sótano, como recuerdo) de apetencias literarias, asunción de una criba de ideas, que se reunía a la hora del café en la antigua Bodega Regia y que, como recuerda Trapiello, rondaba por allí el niño Marquitos. Recuerdo que también hicimos un viaje de estudio (¿) al Monasterio de Villaverde de Sandoval, aquella iglesia, entonces abandonada, y de la que alguien se llevó un ángel. Pasada la hora del café, sobre las siete de la tarde aparecía el otro grupo —El Jarro que comenzaba, en común con los componentes de La Ceranda—, el concierto de canciones y el trasiego de las jarras de aquél vino a granel.
Ambos grupos provenían casi todos del ambiente universitario. No se asusten. A mediados de los años 50 no había Universidad en León. Los estudios superiores giraban en torno a la Facultad de Veterinaria, las Escuelas de Magisterio y de Comercio, la de Facultativos de Minas y pare de contar. Nació por entonces la Academia San Raimundo de Peñafort de Derecho y al Seminario de Graduados Sociales, ambos dependientes de la Universidad de Oviedo. A pesar de esa exigua representación, el ambiente cultural no era desdeñable. Se editaba una revista literaria —Arco — en la que reproducían poemas de, los entonces censurados García Lora y César Vallejo. Existía una actividad teatral con un grupo de jóvenes estudiantes que representaban —o leían— obras de López Rubio, Pemán, Valle Inclán, etc, y —no es ninguna broma— se leyó la obra del tan censurado Alfonso Sastre : «Escuadra hacia la muerte». Tuvo gracia la prohibición gubernativa de leer «La barca DEL pescador» de Alejandro Casona; pero como lo que se iba a leer era «La barca SIN pescador, «leyose y no hubo nada» (rememorando a Cervantes). Un acontecimiento fue la representación en el atrio de la catedral de León del Auto Sacramental de Lope de Vega, El Pastor Lobo . (Si se quiere comprobar accedan a Google en NO-DO nº 810B y se hallará un referencia filmada del acto). Todo ello bajo la dirección del que entonces era el referente universitario y luego afamado abogado Adolfo Hermida.
Quiero decir que en aquellos años el ambiente literario no era, como se ha dicho, huérfano. Los estudiantes adolescentes del Instituto Padre Isla, editaban, bajo la tutela del cura López Santos, y donde hacían sus primeras armas en las letras Sandoval, Tejón, Maximino Arias, Afrodisio, García Mato, etc, la revista Nosotros. Por aquel entonces estaba en apogeo —se editó de 1944 a 1951— la gran revista de poesía Espadaña , que dirigía González de Lama y con las firmas reconocidas de Eugenio de Nora, Gabriel Celaya, Crémer, López Anglada, Blas de Otero… Revista que se subtitulaba «De poesía y crítica». En su primer número la presentaba G. de Lama: «Aquí tienes lector, un cuaderno de Poesía. ¿Cómo es? Tú verás. Es así, como es. Y nada más. Quienes la publicamos, quienes la hacemos, creemos que aquí hay Poesía. Si tú la ves, si tú la sientes, dichoso tú. Y dichosos nosotros también».
Los de la Peña El Jarro y la tertulia La Ceranda estaban llenos de canciones, inmersos en la leonesidad de la alegría de ser jóvenes, empaparse de literatura y de vino de tierra. Ambas uniones —arte, literatura y vino— que hizo cantar a José Luis Borges : «…Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia/ como si ésta ya fuera ceniza en la memoria».