Publicado por
Jesús María Cantalapiedra escritor
León

Creado:

Actualizado:

D e todo y por un embudo. Como decía Manuel Campo Vidal en este mismo periódico (entre otros asuntos), en el terreno político engullimos ‘Realitys shows televisivos’. Yo añado que haciéndonos eco en sesiones de mañana, tarde y noche de los últimos funerales políticos con sus correspondientes aditamentos morbosos, dimisiones exigidas, e inquinas familiares de famosillos sin pedigrí conocido. ¡Ya está bien! Una cosa es el imprescindible derecho a la información, y otra adornar ésta con guindas mordaces que nada tienen que ver con el fondo de la noticia, y deben permanecer dentro del secreto de ‘sumario’. ¿Es permisible informar sobre la vida íntima del protagonista, exánime o no? A eso se le llama comadreo de corrala. Pero, lamentablemente, mucho desventurado disfruta más con los secretos de cama del fallecido o fallecida y allegados, que con el dolor que supone el óbito de un ser. Sea quien sea. Famoso o no. Igualmente, ¿A quién le importa la preñez fuera de hora de la prima de un sobrino político de un cantante de medio pelo o modelo de pasarela con luces de colores horteras? Pues hay que tragarlo todo, y otros manjares pasados de caducidad.

Si se trata de ingerir alimentos sólidos con su correspondiente digestión, el camino es largo: boca, faringe, esófago, estómago, intestino delgado, intestino grueso, recto y, finalmente expulsión de las inmundicias por vía anal. Todas las viandas, antes de finalizar el viaje, en cada stop han sido tratadas por el propio organismo con distintos elementos químicos naturales, con el fin de facilitar una feliz llegada a la estación términus.

Es importante reseñar que estamos hablando de «alimentos». Sí, de nutrientes imprescindibles para la vida y desarrollo de nuestros cuerpos serranos, ribereños o mesetarios. Pero, a la hora de la verdad, ¿qué es lo que comemos?, o mejor, ¿qué es lo que nos echan de comer?

Refiriéndonos al consumo habitual de productos envasados en sobre, por ejemplo, sopas deshidratadas o liofilizadas, nos encontramos con los siguientes ingredientes tolerados por Ley, entre otros. A saber: semolina de trigo duro, cloruro de potasio, glutamato monosódico, inositato y huanilato disódico, grasa de pollo, grasa de palma, jarabe de ¡caramelo!, antioxidantes y otros pringues de laboratorio. Otras manufacturas añaden: ácido fólico, ácido pteroilmonoglatámico, ¡humo! e inda mais.

Si nuestro gusto se inclina por las cremas de marisco, leemos en el tetra brik otras interesantes cositas: extracto de levadura, aroma, gluten, almidón modificado de maíz, puré de tomate (31%), hortalizas variadas (11%) y carne de cigala (1,2%), junto con más sustancias en larga relación. También informan que son «cultivadas de forma sostenible». Esta palabreja que hoy tanto se utiliza, no he llegado a entender su significado. ¿Será defendible?, ¿justificable, quizás? Así que habrá que volver al tocino, filete de vaca o pescadilla de la rosca. Pero, tampoco. ¿Qué es lo que comen estos pobres animales? La pescadilla de granja (ya se cultiva), come harina de pescado (antropofagia), igual que los vacunos o porcinos estabulados, a los que también se les proporciona harina de pececillos y harina de carne y hueso de sus hermanos de especie (más antropofagia).

Cargando contenidos...

Mas, no todo es pernicioso. Siempre nos quedarán las hamburguesas americanas; los «filetes rusos» (de rusos no tienen nada) que nos hacía la yaya o mamá, aunque no contengan preciados productos tales como: hidróxido de amonio (para tratar deshechos de carne), fosfatos de sodio, dimetilpolisiloxano, ni el omnipresente glutamato monosódico. ¡Ah! , ni ¡¡¡plastilina!!!, sí, plastilina. (Fuente: Jamie Oliver en su programa de televisión en la BBC de Londres).