Cervantes y Lope, entre humos
Si mi padre viviese le hubiera llamado ayer para informarle de que en TVE ponían una película sobre la enemistad entre Cervantes y Lope. Estaba entregado a sus trabajos sobre el Siglo de Oro, hasta que se lo llevó el tabaco. Nuestra última conversación giró, sin saber que nos estábamos despidiendo, sobre el Quijote. Como la pusieron anoche, escribo dando por hecho que me ha gustado. La solvencia de los actores principales —Gutiérrez Caba y Coronado— es suficiente aval. A quien sí llamé fue a Ramiro Pinto, pues acaba de concluir un trabajo con su hipótesis sobre quién fue el misterioso autor de la continuación pirata y piratesca, que apareció firmada por el inexistente Avellaneda. La teoría más extendida es que fue escrita en el entorno de Lope y propiciada por él. Pinto mantiene que esta obra incluye la clave en sus páginas. El Fénix de los Ingenios recibió en el prólogo del primer Quijote tal arcabuzazo, pues encierra mofa de sus ínfulas nobiliarias, así como de su afición al autobombo y al trapicheo con las loas. Pese a que procedía de familia humilde, se empeñó en que era descendiente del héroe leonés Bernardo del Carpio, lo que le llevó a incluir en sus obras un escudo nobiliario con 19 torres, que despertó la rechifla general, incluida la de don Miguel. Uno de los aspectos más extraños de esa rivalidad es una carta de Lope a un amigo, escrita meses antes de que el ingenioso hidalgo llegase a los lectores: «Ninguno hay tan malo (poeta) como Cervantes ni tan necio que alabe el Quijote». Muy español esto de anteponer el efecto a la causa.
Los alcalaínos tienen retranca cervantina. Si alguien lo duda es que no ha conversado con nuestra subdelegada del Gobierno, Teresa Mata, complutense hasta los tatarabuelos y más allá. En un acto en Alcalá le escuché advertir socarrona que quería mucho a León, tierra en la que lleva más de dos décadas, pero no le «arrendaba la ganancia» a quien en su presencia afirmase o insinuara aquí que don Miguel no era de allí. Dados sus reflejos dialécticos, mejor no darle motivos.
Si mi padre viviese le habría hoy llamado para preguntarle qué le pareció «Cervantes contra Lope». Ayer estaba a mi lado, en el sofá. Y, sin que sirva de precedente, le dejé fumar.