Diario de León
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EL BAILE DEL AHORCADO. CRISTINA FANJUL
León

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Dice la ministra que hay que apañárselas para salir del trabajo a las seis de la tarde. En España, eso parece más difícil que meterse en un agujero negro y viajar en el tiempo. Y, sin embargo, países como Francia o Reino Unido —pongo dos ejemplos que conozco bien— demuestran que es perfectamente factible. Parte del problema, creo, ha sido el modo de vida de un país en el que la familia ha sido en muchos casos un rincón al que volver cuando ya no quedaban cartuchos que quemar. En el resto de Europa, la Segunda Guerra Mundial supuso la irrupción de la mujer en el mercado laboral, un proceso que cambió de manera radical las hechuras de la sociedad. Se feminizó el trabajo, se feminizó la familia y se feminizaron los tiempos. En España, esa transformación tardó medio siglo en llegar. Tan sólo una exigua minoría de mujeres accedió al trabajo remunerado y el empleo siguió siendo un coto casi exclusivamente masculino. Una de las consecuencias fue el desarrollo de un modelo de sociedad con altos valores en testosterona, con un (h)uso horario ‘viril’, presidido por dos costumbres: el pluriempleo y el fútbol.

El pluriempleo —al que muchos españoles estaban abocados ante la necesidad de llevar a casa más de un sueldo— provocó el alargamiento del horario de trabajo hasta la nocturnidad. Así que cuando el pater familias llegaba a su casa (o no) necesitaba ampliar la jornada. El sistema quería proyectar la ilusión de que la vida no se reducía únicamente al trabajo. Se fue, por lo tanto, retrasando la hora de cierre de bares, de restaurantes y, por supuesto, la emisión de la televisión.

Y llegamos al dios fútbol, el negocio que regía —y rige— las emociones de la tribu, y resulta que en España, los partidos tiene un desfase respecto al resto de Europa de al menos seis horas ¡Seis horas! Esas seis horas durante las que un español medio sigue trabajando, seis horas que hacen inviable la conciliación y, por lo tanto, el crecimiento de la sociedad... y la natalidad.

No se pueden imponer horarios por ley, pero se puede legislar para que resulte más fácil encontrar un equilibrio que rompa la brecha entre la vida y el trabajo o que, al menos, haga que esa frontera no sea tan difícil de cruzar.

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