El gordo y el BOE
La lotería vive de la esperanza, igual que las rebeliones. Hay una época para los boletos, y ese tiempo y ese argumento se adueña de las principales avenidas del hemisferio derecho de la gente; es un ciclo estacional, como las manzanas en octubre y las cerezas de junio, como la ida y vuelta de los vencejos, y con fecha de caducidad. El fuego que hay hoy en las chimeneas se hace humo en cuestión de horas, a poco que los chavales de San Idelfonso adelgacen los bombos de la rugidera y la cantinela que ocupa las mañanas del 22 de diciembre. La lotería navideña se envuelve en papel de regalo. Ese es el éxito inconfundible del márketing. Hay decenas de sorteos cada año; sin embargo, sólo en esta noche, decenas de miles se acuestan con la creencia de que mañana les caerá una talegada de suerte y de dinero del cielo, lo que no deja de ser un fenómeno sociológico de alcance en León; que aún queda gente que mire con ilusión lo que venga después de la próxima salida del sol. La lotería, esta, es carne de débito; se apuesta a un número con la misma actitud que lleva a encender una vela por la intercesión de un santo. Y se adorna de guirnaldas publicitarias que sustentan un mundo ideal, que rebosa de detalles emotivos; películas que en diciembre empiezan a formar parte de la vida cotidiana; da igual que se trate del detalle del bar que reserva el billete hasta después del sorteo porque la crisis devoró la cartera o el good bye lenin de libro que le hacen a la abuela con el premio en diferido. Si este mediodía preguntas en qué cree el personal, por lo menos siete de cada diez van a contestar que creen que les va a tocar la lotería, por la misma razón por la que los misioneros del evangelismo creen que les van a abrir la puerta. Luego no casan los números con los del bolso, ni con los otros apilados en un sobre en forma de pasaportes a una vida mejor. Y llega el raciocinio torrencial, y se ponen los mortales a proclamar que resulta más fácil que te empotre uno de esos descerebrados que conduce mientras lee los mensajes del móvil que te dé una palmada en la espalda el primer premio de todas las madres de los juegos de azar. Y antes del crepúsculo del 22, cuando no queda más destello que esa lámpara de mesita que despide la luz en invierno, se invoca a la salud, esencial en esta tierra donde viven más desengañados con el Boletín Oficial.