¿Qué es la Navidad?
C on este interrogante comienza una cuña publicitaria propia de estas fechas, y concluye que «la Navidad eres tú». Como mensaje publicitario está bien. Resulta suficiente. Sin embargo no da respuesta, ni lo pretende, a ese punto de misterio que tienen estas fechas. Y digo «misterio» porque son en estas fechas cuando a todos —a la mayoría, al menos— en algún momento se nos pone una pizca de pinza en el estómago. O en el corazón, donde prefieran.
La Navidad es la fiesta cristiana por excelencia. Se conmemora, al menos los creyentes, entre los que me encuentro, el nacimiento de Aquél que cambió el mundo, que revolucionó los paradigmas establecidos. Nunca antes nadie había dicho eso de perdonar setenta veces siete. Pero algo tiene la Navidad incluso para aquellos que la desproveen de cualquier contenido religioso. Algo tiene cuando una inmensa mayoría engalana, aunque sea modestamente, su casa. Algo tiene cuando se cuida la comida o la cena para tener una mesa especial. Algo tiene...
Mi madre solía decir que la Navidad es una fiesta alegre para aquellos que no tienen recuerdos. Pasado el tiempo y cuando ella, mi madre, ya no está, le doy la razón pero sólo a medias. Es verdad que el paso del tiempo, además de experiencia, se llena de recuerdos. Difícil que al menos por un segundo no nos vengan a la memoria aquellas Navidades de nuestra infancia. Inevitable resulta tener especialmente presentes a nuestros padres que cuando se van, sentimos que se acaba el mundo y a nuestros hermanos correteando por la casa y a nosotros mismos, ajenos a lo que posteriormente nos depararía la vida.
Pero es en Navidad, cuando hay que agrandar mesas para caber todos, cuando descubres, no sin asombro, que los lugares que ocupaban tus padres, ahora te toca llenarlos a ti. Y que aquellos niños y niñas que correteaban por la casa, hoy se han convertido en hombres y mujeres y en cada uno de ellos adivinas algún gesto que te es familiar. Y es entonces, cuando la mesa se agranda, cuando se comprende la fuerza de la vida. Esto ocurre a quienes tenemos el privilegio de tener una amplia y extraordinaria familia, amigos a los que queremos y por los que nos sentimos queridos. Todo un lujo en este mundo nuestro en donde la soledad y el abandono marcan tantas vidas. Un lujo cuando vemos familias rotas, hijos abandonados o padres olvidados. Y más que un lujo cuando sabemos y vemos que a escasas horas de avión se hacinan en campamentos o refugios, hombres, mujeres y niños que han sido desprovistos incluso de la mínima esperanza. No nos olvidemos de ellos ni quitemos valor a esa mesa agrandada y a quienes la llenan porque todos ellos y nosotros mismos somos la prueba contundente de que una Navidad más, siempre distinta a la anterior, mantiene el misterio de la vida misma que se repetirá en la próxima Navidad, cuando de nuevo haya que agrandar la mesa