AL TRASLUZ
Peligro, populistas sueltos
Ni aquí ni en Turulustán, nunca alguien ha ganado unas elecciones llamándole feo al electorado, aunque lo sea. Al menos, en esto hay consenso entre los partidos; hay que piropear al potencial votante. El político populista lleva al extremo tal máxima y los capta diciéndoles que son guapos porque se parecen a él. Por ello, el nacionalismo se nutre del masajeo constante al ego del ciudadano. Sobre todo, mucha coba. Un político populista entra en una taberna del Húmedo al grito fardón de «¡Cantinero, esta ronda y las siguientes son mías!». Así, con dos. Pero llegada la hora de pagarlas siempre se ha dejado la cartera en casa, con lo que sus presuntos invitados no solo han de abonar lo propio sino lo del rumboso, y además prestarle para un taxi. Los populismos salen caros. En León, el cantinero enseguida se planta delante de la puerta con el látigo de siete colas cazurras. «Si llego a saber que era farol no pido Vega Sicilia», solloza entonces el incauto. Pues haber pedido el de la casa, listillo. En esto del tongo populista está ya todo inventado. Tampoco lo de «America first» se le ha ocurrido a Trump. Desde 1940 fue consigna aislacionista jaleada a través de los medios de comunicación del siniestro William Hearst —Ciudadano Kane— contra el presidente Roosevelt. Era el eslogan para oponerse a que Estados Unidos entrase en la II Guerra Mundial. «Los problemas externos no van con nosotros», coreaban. Pero 1941, los japoneses bombardearon Pearl Harbor. Y se acabó lo que se daba.
También veremos a populistas atacar al populismo del nuevo presidente estadounidense. En esto, perro sí muerde a perro. Pero más allá de estas paradojas ideológicas, solo nos cabe esperar que el verdadero frente de oposición, interno y mundial, sea el del sentido común, la moderación y la solidaridad democrática. Sin olvidar, claro, que el yihadismo no cierra por vacaciones.
El populismo no es problema exclusivo de aquí o de allá, pues tiene un efecto contagio, como el catarro o la estupidez. Luego, si cuando se encuentre usted de vinos por el Húmedo irrumpe en el bar un político populista gritando que invita él, no se deje piropear y pídale rápido al cantinero su látigo de siete colas cazurras. Avisado queda.