Diario de León
Publicado por
JESÚS MARÍA CANTALAPIEDRA ESCRITOR
León

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H e comentado en alguna ocasión que hace algunos años visité una ciudad rusa durante nueve o diez días, al frente de una delegación municipal. Simultáneamente, otra búlgara y otra alemana también fueron invitadas para estrechar lazos con aquella población situada a unos 500 kilómetros al sureste de Moscú. Reinaba y gobernaba Yeltsin. No demasiado, ya que según pudimos comprobar los españoles en periódicos y televisiones, de vez en cuando solía sentarle mal la ensaladilla rusa al atacarle la salmonella enteritidis del huevo cocido, sufriendo de correspondientes mareos y visitas rápidas al excusado. Una pena, pues era un hombretón muy simpático, aparte de coloradote. Obligado es reseñar que durante otra época en esta patria, oficialmente, no existía la ensaladilla rusa. Se anunciaba como Ensaladilla Imperial, al menos en el Ejército. Cosas de la política de ideologías opuestas.

Por entonces, al tiempo de mi visita a Rusia, España vivía momentos inquietantes por causa de los diarios atracos a entidades bancarias en nuestro predio. A los malos les daba lo mismo una pequeña población que la gran urbe. Portando pistolas, macanas y porretas, recaudaban, se iban, acabose el asunto y a vivir que son dos días; dos o tres días o una semana, pues las Fuerzas de Seguridad les aprehendían la colecta por un quita me allá un despiste de principiantes. Años más tarde apareció «El Solitario», una especie de Robin Hood a la española. O eso decía el barbudo de guardarropía. Acabó en la trena.

Todo ello se lo conté a nuestro intérprete de la estepa, el bueno de Nicolai. No daba crédito a mis palabras. «Aquí no ocurrir eso, —respondió a mi información el incrédulo ruso— aquí ser imposibles. Si pasar, matar a malos en oficina. Haber otros sistemas mucho sencillos; sin pistolas ni escopetas. Ni con esas cosas que usted decir de marranas y portetas. No. portetas no».

Estupefacto, indagué preguntándole cómo lo hacían. No acababa de entenderlo. Su contestación fue muy rápida: «Don Jesu, ser mucho sencillo -afirmó el ruso-. Atracar desde el dentro mismo banco. Directivos llevarse rublos y dólares en maletas grandes. Mucho grandes y desaparecer siempre. Mi quitarme pequeños ahorros y al Ayuntamiento sus rublos y monedas otras». Y se quedó tan fresco, a la par que resignado. Era el pan de cada día en época de Yeltsin, el de los mareos y vahídos. Aunque hay quienes aseguran que los andancios eran producidos por el tostadillo pasado de caducidad.

Pasaron los años y me dije, y digo, que los rusos malos fueron unos adelantados. Tanto como en la carrera espacial. Bien es cierto que nosotros supimos ´fusilarles` el invento del pillaje con aplicación; por lo fino; sin pistolas, escopetas, ni cuchillos; sin macanas ni porretas. Sin violencia. Incluso con noble elegancia y toques de sonoras y alegres campanas cantarinas. Tilín, tilín. Sin empresas visillo, cortinón o pantalla. Utilizando la aséptica informática; con santas esposas que no se enteraban de la fiesta pues se dedicaban a las labores propias de su sexo y condición. Jurisprudencia aparte. Y por ahí andan, rodeados/as de verdes alcachofas portadas por señoritas de buen ver, pasando frío durante horas y horas de guardia al lado de los juzgados.

Se me olvidaba: el contenido de esta Tribuna no es un artículo de opinión al uso, sino transcripción real de lo que me han contado los informadores que lo vivieron in person. Así que perdón por inmiscuirme en la sección de información general.

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