Pensionistas
L a provincia de León pierde habitantes y gana pensionistas. No estamos tan lejos de ser un territorio donde las personas mayores y las jóvenes sumen, más o menos, la misma cifra. Incluyendo entre los jóvenes a los niños y maduros aún en edad de trabajar. Esto parece una catástrofe, y acaso lo sea, pero como los leoneses no vivimos solo en la provincia, sino en toda España, que ése es nuestro marco político y económico, no es un asunto tan catastrófico. En otras tierras nacionales hay menos pensionistas y muchos más trabajadores. Y niños, aunque no tantos.
Es decir, León se beneficia, como todo el noroeste de España, de la solidaridad del resto de la nación. Si hubiera que pagar las pensiones de los leoneses con la riqueza que genera la provincia, ello supondría un recorte brutal de los dineros que perciben nuestros mayores, y también supondría que esos mayores no podrían ayudar a sus hijos y nietos en la medida en que ahora lo hacen porque muchos de sus descendientes no tienen trabajo. O lo tienen muy precario.
Este discurso parece de la consternación y de la melancolía. Pero no debemos pensar así. Primero porque el futuro no está escrito, y aunque sea poco estimulante, sería ridículo negar que surgirán posibilidades para esta tierra. Y muchas ya existen, aunque con resultados socioeconómicos no tan relevantes como quisiéramos. Pero basta echar una mirada a la capital de la provincia y a su área metropolitana, donde ya vive el cuarenta por ciento de la población leonesa, y ver que hay infinidad de realidades estimulantes. El AVE nos coloca a un paso de Madrid y pronto de Asturias, y eso es una mina de oro. Donde, felizmente, la cultura, tiene un protagonismo del que hay que enorgullecerse. Es el caso del Musac, y de otras iniciativas.
León y su alfoz tienen más fácil la salvación. Pero mucho peor andan las cosas en el querido y otrora potentísimo y energético Bierzo. O en Laciana. Mucho peor. ¿Entonces qué? Pues entonces lo que ya sabemos: que León es un reino geriátrico. Pero de ancianos muy sanos, de ancianas que son un ejemplo de vida y de fortaleza. Y también para jóvenes, que los hay, sensacionales, en muchísimos ámbitos de la economía. Los que desde aquí luchan y confían. Y aportan. Y viajan constantemente. Porque vivir en León o en Ponferrada es, cada vez más, hacerlo un poco en Madrid, en Gijón, en Vigo, en Valladolid… O eso o la derrota definitiva. Que no sucederá.
Y si todo es poco, que lo es, pues hay que celebrar esa floración de viejos sanos, que llegan casi todos a edades muy altas, y que son memoria y cariño de todos, y que son vida porque todo es vida y porque nos enseñan tantas cosas. Materiales y sobre todo inmateriales, que siempre son las más decisivas. Porque son la raíz de las tangibles. León es rico en memoria. Y en agua. Y en tiempo y en poesía. Ojalá también en esperanza.