Diario de León
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cuerpo a tierra. antonio manilla
León

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A Janis Joplin —lo contaba Fernando Navarro en su libro Acordes rotos— la eligieron en su pequeño pueblo sureño «hombre más feo del campus». He recordado esa anécdota cuando, al hilo de la reelección de Cospedal como secretaria general de los populares, leí un titular que decía: «Vuelve el hombre». No se refería este a la bondad estética ni a los presuntos arrestos de la dirigente manchega, sino a sus intenciones de regresar a una política por y para las personas, con el ser humano en el centro de sus prioridades. Si hubieran puesto «Vuelve la mujer», a los partidarios de Podemos les habría valido igual, pero no sé yo si todos «los/las» demás, que carecemos de experiencia en esa novolengua que se ha propuesto conjugar y barajar los géneros, habríamos pillado el sentido universalista de tan sentida declaración.

En primera instancia, desde luego, en vez de pensar en el protagonista del anuncio de Marlboro, que en paz descanse, nos habríamos acordado de la motera con chupa de cuero que iba buscando a Jack’s. Los que crecimos en los 80 tenemos esos estereotipos tan fijos y tan recios que algunos nos consideran una generación perdida en materia de igualdad sexual, cuando en realidad no somos más que damnificados por una publicidad de rasgos caricaturescos y trazo grueso, sin sensibilidad para los matices. Si no llega a ser por Grease, que nos dio perspectiva y una visión plural, o al menos dual, de las personas, seguiríamos teniendo sueños en blanco y negro.

Últimamente vienen muy mezclados en el lenguaje el género gramatical y el sexo del referente, sobre todo con el desdoblamiento genérico del «todos y todas» que tanto emplea el populismo. Se trata de un homenaje a la realidad sexuada, supongo, a la que cuenta con dos progenitores, frente a la bipartición, la gemación y la esporulación, que también tienen sus fervientes admiradores entre las formaciones políticas. El poner lo políticamente correcto por encima de lo correcto lingüísticamente alcanza el summum con el empleo de la arroba, esa «a» que se retuerce en «o» y es un símbolo, no un signo lingüístico, que significa literalmente «en» y sirve para aludir a un dominio o sitio web, algo que la rae, pese a sus amplias tragaderas últimas, no refleja. Tan escasa economía del lenguaje está volviendo los discursos mucho más explícitos, menos misteriosos, más pobres, en definitiva.

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