Publicado por
Jesús María Cantalapiedra escritor
León

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C uando comenzaba a practicar el uso de la razón y el juicio, cuando aún existía la clase media, cuando en la burguesía no existían carencias sustanciales, en casa de mi abuelo se escuchaba a diario el grave problema de la crisis que asolaba el mundo. ¡Y lo que falta por llegar! —decía el paterfamilias—. El yayo, hombre ponderado y, en cierta medida elemental, no tenía ni idea del futuro que iba a conocer su nieto, dedicado entonces a los estudios, la lectura, el deporte y las chicas. Y el nieto no le entendía. Comenzó a comprenderle el día que leyó, que leí mi primera novela seria: Las cárceles del alma , de Lajos Zilahi. Después fue Un mundo feliz, de Husley, para mí impactante (ya trataba del ‘Estado Mundial’ y sus consecuencias llevadas al extremo). De Así habló Zaratustra, de Nietzsche, me quedé solamente con una frase: «¡Tú, gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a quien alumbrar» (hablaba al sol). Ésta se podía transmitir a muchos políticos que han dejado y dejan de iluminar. Son felices ‘iluminando’, pero se les está acabando la clientela. Así, poco a poco, leí todo lo asumible que caía en mis manos y fue creciendo mi fondo analista-observador de andar por casa. Lamenté no abrir ni una novela de jichos y pistoleros del Far West. A mis conocidos les divertían. Pero yo era un bicho tan raro como ahora, que no me gusta la televisión en general. Ni el fútbol, Ni el subastado.

Mostrado, pues, parte de mi striptease íntimo, vuelvo con el yayo y sus premoniciones y plañidos; los mismos que yo padezco desde hace algunos años, aun con un poco más de conocimiento causal vivido en mis propias carnes enjutas. ¡Mondo cane! ¡Nada funciona! ¡Perro mundo! Parece que el mundo se ha vuelto loco con las ondas binaurales, como las que describe el médico y novelista Bruno Nievas. Por si faltara poco, parió la abuela en forma de advenimiento de un nuevo salvador del mundo en la figura de Donald Trump. Me recuerda a Musolini cuando finalizaba una arenga y, con la cabeza hacia atrás, miraba altivo y soberbio a la audiencia. Lleva poco más de un mes como presidente de los EE UU y ya le han salido millones de adversarios a lo largo de la tierra de los incomprensibles hijos del Tío Sam. Y hay algo que me preocupa: si sumamos a todos los que ahora le ponen a caldo y piden que se vaya a negociar sus negocios y lugares de asueto, ¿no hubiera ganado la señora de Clinton, doña Hilaria? ¿Es que los votantes no le habían visto su pajizo plumero? Se le percibía desde mucho más allá de Tombuctú. Pues no. Fueron a elegir al Rey del Mambo. Justo ahora es el momento de recordar la frase de Einstein: «No sé con qué armas se luchará en la tercera guerra mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la cuarta: palos y mazas». Y finalizo con el controvertido asunto, pues me ocuparía más de los habituales 25-30 kB.

Vuelvo a más cercanas latitudes. Todos los gobiernos que he conocido últimamente voceaban que España iba bien. No. Premeditada o inconscientemente, estaban preparando el estado actual de cosas. No huele bien la orina del enfermo. Aproximándome a León, incluso el propio presidente de los empresarios (Fele), advirtió el pasado día 22 o 23 F, que «León está descolgado de la recuperación». Es evidente, digo yo.

¿Quiénes han sido los culpables? ¿Usted? Seguro que no. Y que no nos cuenten películas o cuentos ‘morunos’. La culpa no es de la crisis de la famosa burbuja iniciada en 2007-2008. El pueblo, usted y yo, la barruntábamos hacía muchos años. Se veía venir. No salían las cuentas pues dos más dos, a veces, siguen sumando cuatro. Pero no nos hicieron caso los voceadores triunfalistas. ¿O eran tan buena gente que utilizaban mentiras piadosas para dar más confianza al personal y éste no cayera en el pesimismo? Quizás.

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