FUEGO AMIGO
Sueños con pesadilla
Dado que ostentamos la bochornosa condición de ser la única capital española sin ningún teatro histórico, el periódico del domingo hizo un inventario de pérdidas y olvidos que ponía los pelos como escarpias. Desahuciado el rescate del Emperador, que fue nuestro teatro de los sueños, y en desuso el Trianón, el panel fotográfico recordaba las espantadas de Caja España, la clausura del museo Bíblico Oriental y el traspaso de la Casona de los Pérez que dio albergue a la memoria de Crémer. Un repertorio desdichado que culmina y agrava el abandono del teatro pregonado como Centro Nacional de Artes Escénicas y Músicas Históricas.
León es una de las raras ciudades sin teatros decimonónicos, porque los derribó la incultura y la avidez de suelo. Así que hay que cuidar lo que nos queda y pelear para que el distraído ministerio de Cultura no arrumbe al Emperador en el descuido. Esta sala de 1951, a la que puso nombre el poeta Crémer en memoria del séptimo Alfonso de nuestros reyes, abrocha el uso cultural de una parcela urbana que empezó acogiendo en el dieciocho la Real Fábrica de Lencería, más tarde el hospicio de Fantasmas de invierno (novelado por Luis Mateo Díez), y acabó pavimentada de libros, institutos culturales, el conservatorio, correos, un estacionamiento de vehículos y los cuadros donados por Caneja.
El Emperador fue el liceo de las galas de posguerra, hecho con la mira puesta en el Campoamor de Oviedo, entonces capital de las envidias leonesas, nuestro modelo para soñar. Lo extraño es que contando en su diseño con tres arquitectos que no eran inútiles y una parcela propicia, malograra de entrada cualquier aspiración teatral por tacañería escénica. Aunque esta cortedad es realmente muy cazurra. Los arquitectos Manuel y Gonzalo de Cárdenas, padre e hijo, morirían tres años después. El padre, después de haber sembrado León de buena arquitectura, y el hijo, marqués de Prado Ameno, después de transportar al valle de Gordón los formatos arquitectónicos de Guadarrama, como responsable de Regiones Devastadas. El tercero, Javier Sanz, ya estaba entonces en el Catastro de Madrid, muy entretenido con sus acuarelas y con el pupilaje gastronómico de Julio Camba.
Se escatimó en escenario, pero no se ahorró un duro en oropeles: cortinajes y reposteros, bronces y brillo de los apliques, cristal para las lámparas y tampoco en la librea del personal. Se ve que importó más el fulgor de la cáscara que su provecho. ¡Que tiemble Oviedo! El ofertorio del estreno lo hizo Roa Rico y se inauguró con el espectáculo Sueños de Viena. Sin que nadie reparara entonces en que el anónimo pianista de la compañía Los Vieneses era nuestro músico más importante del siglo veinte: el proscrito Evaristo Fernández Blanco.