Conspiración de magufos
E l escritor Harold Brodkey se embarcó en una novela policíaca y después de escribir seiscientas páginas tuvo que dejarla porque a esas alturas aún no había muerto ningún personaje. Al procés catalán le pasa como a esa novela fallida, páginas y páginas de enredos de chichinabo, astucias de leguleyos, posmentiras putrefactas, masas fanatizadas por tartufos y gánsteres con cuentas millonarias en Suiza. Ruido, robo y desbarajuste, vaya. Pero nada se mueve desde que hace cuatro años y medio Artur Mas decidió que había llegado la hora de convertirse en emperador del Paralelo.
Los sofistas inventaron la paradoja de la fuerza irresistible: ¿qué pasa si una fuerza imparable choca contra un objeto inamovible? Es lógicamente imposible la existencia de esos objetos incompatibles en un mismo universo al mismo tiempo. Eso es lo que dice la lógica, pero la evidencia del procés prueba lo contrario: ni para ni llega a ningún sitio ni puede llegar. Lo cual forma parte de la esencia misma del procés, que no es la independencia sino un juego amañado de win-win: si sale, ganan; si no, también. En realidad todo es una conspiración de magufos. Un magufo es un mago que no cree en los conjuros que vende, pero se aprovecha de la credulidad ajena. El Estado propio es al procés lo que la ínsula Barataria a Sancho Panza: el señuelo para seguir en un camino de locos. El procés no tiene nada que ver con la independencia, solo trata de «agitar el perro», que es una metáfora de cuando algo de importancia secundaria asume fraudulentamente el papel de lo verdaderamente importante. El procés es una cortina de humo, la excusa para un autoritarismo que persigue un control social total sobre un territorio. No pretende la independencia, sino seguir en el machito, tener el control de la caja y de las redes clientelares. Del poder, o sea.
A lo que se parece el procés es a las Wunderwaffen, las «armas maravillosas» de Hitler que Goebbels, el ministro nazi de Propaganda, anunciaba a los alemanes para seducirlos con una victoria que ya era imposible. Ni había superarmas ni habrá referéndum en Cataluña. Lo sabe todo el mundo. Ni siquiera se recurrirá al artículo 155 de la Constitución, bastará con el funcionamiento normal del Estado. Eso sí, después del no-referéndum, otra vez el día de la marmota. Otra vez el burro dando vueltas a la noria de un pozo seco. Otra vez la fuerza irresistible contra el objeto inamovible. ¿Y? Pues la «conllevancia», la solución que encontró Ortega en su discurso sobre el problema catalán ante las Cortes republicanas. «Habrá que conllevarlo», dijo con resignación. A lo que no debería resignarse el Estado es a seguir tratando a las ratas como si fueran honorables.