león en verso
De camión en camión de pinos
P oca broma con las ardillas, que han sido capaces de subsistir a tantos siglos de barbarie mientras se acomodaban a ese ecosistema que nada tenía que ver con saltar de árbol en árbol, hala, península arriba y península abajo. Por este entorno, en el tránsito de pueblachón a capital de autonomía frustrada por el que ha dado tumbos León en los últimos cuarenta años, se hicieron fuertes en el parque de Quevedo, entre esas coníferas barrigudas de aspecto centenario que, sin embargo, engordaron en terreno abonado para chopos del país, morada de las grajillas empeñadas en instalar favelas en las copas. A las ardillas les han puesto el sambenito de testigos de cargo, que lo mismo sirven para levantar acta de la acometida de monumentos a la estupidez que se han cargado a los fondos europeos con la disculpa de que se estaba en una operación de rescate social y económica de esta tierra, que se les marcaba un camino de cabras por la cantidad ingente de hitos que no han servido para sacarnos de pobres. Una ardilla, por ejemplo, podría hacer una ruta turística, a saltitos, de apeadero en apeadero del tren de vía estrecha; los que se levantaron justo cuando los pueblos se quedaron sin gente; o de pegote en pegote, de un cemento que se pagó a nombre de la cohesión con Noruega y Dinamarca, donde la risa se mide por felicidad, no como aquí, con el estado del bienestar condenado en pleno proceso de involución a no pasar de una buena siesta. En esta secuencia enloquecida, sueltas a una ardilla a la puerta de la oficina de desempleo y puede llegar a los confines del mundo con sólo recorrer la estela de la diáspora de leoneses obligados a echar a correr para que la crisis no les pise los talones. La última encomienda para las ardillas es que recorran el perímetro de un determinado territorio encastrado en un mapa político sin dejar de pisar tierra firme en espacio natural y protegido. Eso está bien. En el próximo capítulo, puede que se les encomiende determinar la riqueza que pierde León a base de contar los camiones que salen a diario cargados de pinos más allá de Izagre, de Sahagún, de Cimanes. Una ardilla en cada remolque, sobre treinta toneladas de madera que era, decían, desarrollo. Siempre habrá una ardilla para un descosido.