Diario de León
Publicado por
José Antonio García Marcos Psicólogo clínico y escritor
León

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D ecía el poeta castellano, catalán, español y cosmopolita Gil de Biedma, que de todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España porque siempre termina mal. Siempre es un añadido mío. No soy historiador pero si fijamos nuestra mirada en algo más de un siglo hacia atrás, podemos afirmar que, cada cierto tiempo, nuestro país se desliza por derroteros autodestructivos como fue la debacle de 1898, la dictadura de Primo de Rivera o la más reciente Guerra Civil y la subsiguiente dictadura.

Si nos remontamos aún más, vemos que nuestra historia está repleta de golpes de Estado y que aquí ni hubo reforma protestante ni Ilustración ni revolución industrial; más bien quedamos anclados en el Concilio de Trento, convertidos, eso sí, en la reserva espiritual de Europa.

La democracia surgida tras la muerte del dictador fue, como ya dije en este mismo lugar (Un país todavía en construcción 19/12/2015), una democracia con muchos defectos de fábrica: Un monarca nombrado a dedo por el dictador, una hoja de ruta dirigida por exfalangistas, vigilados de cerca por el ejército, amenazada continuamente por grupos terroristas y, sobre todo, respaldada por muy pocos demócratas convencidos.

Ahora bien, a pesar de su fabricación defectuosa, nos permitió integrarnos plenamente en Europa, posibilitó la alternancia en el poder entre la derecha y la izquierda y, recientemente, ha provocado la desaparición del bipartidismo rampante, surgiendo nuevos partidos que, sin duda, traerán vientos frescos y de regeneración política.

Muchos de los iniciales defectos de fábrica ya se han subsanado, otros requerirán más tiempo pero ahora los españoles somos más demócratas que al principio de la Transición, a pesar de que la crisis económica que vivimos no solo ha destruido millones de puestos de trabajo sino también la confianza en una clase política que no ha sido capaz ni de combatir la corrupción ni de conectar con la ciudadanía. El problema fundamental es, sin embargo, el desafío del independentismo catalán, que amenaza con saltarse la Constitución poniendo en riesgo nuestra convivencia democrática.

Recuerdo que en septiembre de 1977 volví a España después de haber estudiado tres años en la Universidad de Múnich. Me quedé unos días en Barcelona en casa de unos amigos con los que había convivido algún tiempo en Alemania. Mis amigos, militantes de Esquerra Republicana, me comentaron en la manifestación de la Diada que en esos momentos se conformaban con la autonomía pero que su objetivo final era luchar por la independencia de Cataluña. Según ellos, una importante parte de la derecha catalana soñaba también con una Cataluña independiente porque España suponía una rémora anquilosada en el centralismo, en el militarismo y en un alto riesgo a recaer en la dictadura. Un lema repetido en esa manifestación fue: Hoy paciencia, mañana independencia.

La crisis económica actual ha sido el momento elegido por esa derecha catalana para retomar su anhelado independentismo. De colaborar en la gobernabilidad del Estado se ha pasado a luchar por la independencia, abriendo así una crisis que está tambaleando los pilares de la representación política y llevando a esa derecha moderada a caer en los brazos de los más radicales (ERC y la CUP).

La democracia española, con todos sus defectos, garantiza más la pluralidad de la sociedad catalana que posiblemente esa soñada Cataluña independiente. Porque entre los defectos de nuestra democracia no está el nacionalismo centralizador. El Estado ha cedido competencias tanto a las comunidades autónomas como a la Unión Europea y, a pesar de ello, los nacionalismos periféricos, sobre todo el vasco y el catalán, nunca se han mostrado satisfechos con su nivel de autogobierno.

En el País Vasco con la democracia se acentuó el nacionalismo terrorista de ETA al que, por fin, las fuerzas democráticas han vencido definitivamente.

El nacionalismo catalán ha seguido otro camino más civilizado pero que, al igual que el otro, tiende a la balcanización de nuestro país. Por una parte, ha utilizado deslealmente el autogobierno para inculcar en los catalanes, con mentiras o medias verdades, estructuras mentales favorables a la independencia y, por otra, se ha movido continuamente al borde de la ley amenazando, incluso, con violentarla para conseguir su objetivo de secesión. Pero aquí precisamente yace su debilidad ante la mirada de la UE y del mundo democrático.

Su otro punto débil es que, a pesar de que los independentistas hacen mucho ruido y están bien organizados, no representan una clara y holgada mayoría que les permita romper la unidad de la nación.

No estaría mal que leyeran a Kant y reflexionaran sobre su imperativo categórico. Si no lo hacen ellos porque están embarcados en su delirio nacionalista, es de esperar que lo haga el resto de los ciudadanos de Cataluña para impedir que, una vez más, se haga realidad el pronóstico tan pesimista que encierran los versos de Gil de Biedma.

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