Millonarios
N o parece haber meta más dichosa para el ciudadano actual que la de descubrir que ha ganado un sorteo lotero en cualquiera de sus versiones y manifestaciones. La posibilidad resulta remota pero existente, y ese nimbo religioso del «y si toca», «y si existe», es el que llena de tantísimos devotos los templos de las apuestas. Las madrugadas se han llenado de seudoprogramas basados en las engañosas leyes de la probabilidad como antes se llenaron de porno y de rasca y ganas, y los trucos publicitarios sacan buen partido de la humana ansia por pasarse todo el día tumbado sin dar ni golpe (quien gana la lotería no está así ni mucho menos, es más, se le multiplican los problemas, pero eso no lo dicen). De todos modos, poco caso deberíamos hacer de la publicidad, ese inefable catecismo de nuestro tiempo, causante de tantos complejos y frustraciones, desde el momento en que algunos se anuncian con el reclamo de ofrecer unas exclusivas tarjetas black a sus clientes, como diciendo: «Conviértase por un día en delincuente de altura, dese ese capricho».
Y el señuelo es también absurdo porque ya somos millonarios. Usted, yo, y prácticamente todos los que vivimos en el llamado primer mundo a pesar de las crisis y las contracrisis. Lo somos porque contamos con las grandísimas, incalculables fortunas de poder comer todos los días (y no sólo harina de mijo), dormir en cómodos lechos, elegir a unos cuantos representantes y tener acceso a la luz y al agua corriente, y también a la educación, la salud y las bibliotecas, e incluso expresarnos más o menos libremente en calles, redes y tabernas. Todo lo cual, durante periodos de tiempo espantosamente prolongados, no pudo tan siquiera soñar la raza humana (y en la mayor parte del territorio planetario sigue siendo así), constituyendo cada una de esas acciones —conseguir comida y agua potable, mantener la salud propia y la de la parentela, resguardarse de alimañas e inclemencias— actividades de una épica rayana en lo homérico. Quienes tuvimos la suerte de conocer otros modos de vida, de boca de nuestros casi neolíticos abuelos, sabemos —no, intuimos—el valor de lo logrado.
Millonarios somos todos. Pero unos son personas y otros, simples sacos de números.