Retorno al pasado
E n España regresar al pasado es un trámite postizo, tan fácil como abrir un armario ropero y dejar que se deslicen las corbatas, los membrillos, las perchas inútiles y precarias. Basta con hojear el periódico o subirte al tren y ya estás metido en un bucle vertiginoso. Camino de Madrid en el AVE nos ponen El Hombre de las Mil Caras, la historia hipnótica y aberrante de las andanzas de Francisco Paesa y José Luis Roldán: dos personajes que, por derecho propio, encabezan la grimosa lista de casos de corrupción de este país. A pesar de que no podemos ver el final de la película (cortesía que no sé si es fruto de la negligencia del programador o un peculiar homenaje al coitus interruptus), asistimos alucinados a los hechos que describe, descubriendo, casi treinta años después, que a Roldán no lo detuvieron en un hotel húmedo y siniestro de Laos, sino en tierras francesas, como resultado de una pantomima delirante protagonizada por espías, estafadores y ministros (no necesariamente por este orden). A pesar de que vamos en turista, ser testigo de esa trama entre surreal y casposa es como viajar en una noria cutre de la niñez, cuando se te quedaba pegado en el dobladillo del pantalón el algodón rosa de las barracas.
Cuando paseas, horas después, por las avenidas de Madrid, la impresión se mantiene perversamente intacta. Ha bastado que consultaras la prensa digital o salieses de los baños de la Estación de Chamartín, para darte cuenta de que la realidad sigue siendo igual de pringosa y asfixiante. El taxista, por descontado, aprovecha cualquier pretexto para suplicar que Franco resucite cuanto antes y aunque al otro lado de la ventanilla empieces a ver a manadas de hípsters, los pijamas colgados de las casas de Chueca te enfrentan a un mundo recalcitrante. Por encima de ese pijerío cosmopolita, como si para ellos Roldán aún estuviese al mando de la Guardia Civil, hay señores de nariz porruda echando un cono de ceniza en los tiestos del vecino.
Quizá sea la mejor forma de estar preparado para las últimas noticias, las que hablan de federaciones empresariales financiando partidos como si fuesen churrerías, o chorizos que salen en la tele con cara de no haber roto un plato en su vida. Qué fatiga, qué repudio la realidad política de este país. Cuando al día siguiente ves a Felipe González y Alfonso Guerra en la primera fila del gran acto, la sensación de déjà vu es casi insoportable, y entonces te acuerdas de aquel pariente gorrón que vivía de pegar sablazos y por si las moscas, esas moscas azules que han empezado a verse por Malasaña, incluso entre las barbas floridas y perfumadas de los hípsters, cruzas la calle resignado y te palpas con desaliento los bolsillos.