fuera de juego
Tierra de encuentros
Si algo caracteriza la Semana Santa en esta tierra son los encuentros. Serían incontables las localidades en las que en algún rincón de la iglesia o la sacristía se conservan aún un Nazareno y una Dolorosa para llevarlas a la plaza muy de mañana en ese viernes de la primera luna de la primavera para escenificar el encuentro. El éxodo rural o las pegas puestas desde las sacristías arrinconaron en muchos lugares ese acto que aún se repite cada Semana Santa desde hace siglos con múltiples variedades —llaman la atención las carreras de los San Juanines— e incluso con alteraciones como la de León, donde en algún momento se varió el guión y ahora se encuentran la madre y el único discípulo que no salió corriendo cuando las cosas se pusieron crudas. Y el domingo en estas tierras hay otro encuentro, éste con un catálogo de singularidades más grande si cabe, aunque con una marca clara, el cambio del negro del luto por el color de la pascua de resurrección.
Así es la Semana Santa aquí, y cada vez sabe más de encuentros porque retornan muchos que viven en otras zonas o incluso en otros países. Y eso impulsa aún más una visión tipo caleidoscopio de esa amalgama que es el mundo cofrade. Pero resulta curioso que cada año retornen las críticas miopes hacia un fenómeno social tan complejo. Papones, cofrades, nazarenos... hacen de algún modo su vía dolorosa y son flagelados, coronados de espinas y crucificados, bajo la inapelable condena del «todos son...» y el «son los más...». Permítanme ser optimista: igual entre todos, todos, hay al menos un justo.
Es curioso que se les atice tanto desde los púlpitos. La Semana Santa se parece al fútbol. Todo el mundo se cree capacitado para acodarse y pontificar sobre cómo organizar las cosas y además sabiendo perfectamente lo que piensan o creen ¡todos! los que van en la procesión. Y a veces hasta lo hacen los que predican que no se juzgue al prójimo, los que fustigan al que se puso de pie en el templo para aclarar que él sí sabía vivir su fe adecuadamente... El lunes cada uno volverá a su sitio. Al del capillo-pucho-caperuzo sí se le verá la cara durante todo el año. En comedores sociales, en sedes de organizaciones culturales o sociales, en todo tipo de ONG, incluso pasando frío para fomentar el ocio sano de los chavales en campos de deporte.
Hace tiempo escuché a una persona que explicaba que había gente que estaba en todas partes y otra que se acodaba —en la barra o en el púlpito— para debatir cómo debían actuar los primeros.