león en verso
Igual que perdonan los pobres
El perdona a tu pueblo, señor, que imploran en los templos católicos durante las plegarias que facturan penas al cielo, revela esa impresión de culpabilidad permanente con la que nos hicieron crecer, sin otra actitud crítica que la del reo que se sabe condenado a muerte. Sin remisión. El perdón es uno de los pasajes bíblicos con mejor prensa entre todas las representaciones que facilita la Semana Santa, cada vez más festiva y menos religiosa; cada vez más negocio y menos espiritual. La celebración de la primera luna llena de primavera nos actualiza también cada año el episodio de la negación, la profecía de Cristo a Pedro ante los manjares de la última cena, trasunto de ese momento tan actual de la traición, del navajazo a las seis y cuarto del costado, del punzón que entra frío y sale caliente; del gesto que iguala al abrazo y a la puñalada, porque es idéntico para ambos; Silván sabe bien de qué habla este relato evangélico, que lo tiene tan fresco en el banquete que convocó con los brazos abiertos y cerró la noche en medio de tinieblas; es condición humana, ese repente que recuerda esta conmemoración del calvario, del no eres tú, soy yo, que me di cuenta, que acude como el rayo a partir en dos un proyecto en común. Lo peor no es tropezar, ni tropezar tres veces; lo malo es cuando te gusta la piedra. El tercer canto del gallo, que nos devuelve a la realidad de sopetón con el rigor de enfrentarse a una helada desnudo, es una de las metáforas más apasionantes de esta traza del nuevo testamento que es capaz de resumir en las catorce estaciones de un vía crucis todo el camino hacia el Gólgota; Jesús carga con la cruz; Jesús, despojado; Jesús, crucificado. Lo esencial es el perdón, pero no como lo interpretan los enamorados ciegos, ni como se aconseja que lo haga el Estado, que no cede una cuota mensual a los autónomos y flirtea con 800 crímenes de una banda terrorista; el perdón frente al odio y al rencor, para desintoxicar las relaciones humanas; perdón a la gente que apreciabas y te dejó asolado con la alegría con la que se dejan las copas a medio beber en las barras libres. Vamos al lado contrario del perdón generoso, el perdón sobre las sensaciones, no de los delitos del Locus Apellationis; el perdón que es la venganza de los pobres.