Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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Ahora se vende un pan, anunciado en la tele, del que dicen que está muy bueno después de una semana. Ese pan dura más que algunas modas y que las convicciones del grupo municipal de Ciudadanos, por ejemplo. No es poco. Pero ya estaba inventado: la hogaza de toda la vida, que, incluso endurecida, tenía uso en unas sopas de ajo. Ese pan promocionado en televisión es una imagen del influjo de la publicidad, que seguramente se dirija a ese potencial público urbano que cree que los filetes de ternera salen de las bandejas del híper y que a esos negros cuadrúpedos con cuernos que se ven desde el AVE al pasar por Ávila los ordeñan dos veces al día. Unos urbanitas puros que lo más campestre que conocen es al dueño de una casa rural o la ruta señalizada por la que circulan con la «mountain bike». Los pueblos que desconocen su pasado, ya se sabe, están condenados a reencontrarlo en la galería del coleccionista.

Cada época tiene sus revivals. Generalmente coinciden con las cosas que estaban de moda cuando la generación que está en la cuarentena tenía veinte años menos. Ahora estamos por el final de los magníficos 80, reviviendo la Movida y por eso Los Modernos versionan el Gafas negras de Los Modelos y Cooper se rescata a sí mismo en algún tema de Los Flechazos, se ven cardados por las calles, pantalones de pitillo y juegos de arcade. La cuarentena es la edad de la independencia económica y del «Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro muy bien». Incluso la famosa crisis vital de los 40, en el fondo, quizá no sea más que un revival sentimental de aquel joven que se enamoró por vez primera.

La nostalgia, que es un buen motor para la prosa —como sostenía en su novela Berlin Vintage Óscar M. Prieto, que en su nueva obra se ha embarcado en un viaje a aquella edad—, dirige el museo de nuestros propios recuerdos y a veces admite piezas espurias, falsos verdaderos que evocamos como si en realidad los hubiéramos vivido. Piezas de encrucijada, caminos que no tomamos, opciones desechadas en la perpetua elección en que consiste el vivir cotidiano. No existe más que en abstracto la memoria sin nostalgia, pura y objetiva, aséptica como la luz de los hospitales.

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