Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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En España, las conmemoraciones se sacan del arcón del bisabuelo. Prevenir no es virtud autóctona. En 2001, cuando Zapatero propuso al Gobierno que se empezará a pergeñar, con la Real Academia de la Lengua y con el Instituto Cervantes, un gran programa de actos de cara al IV centenario del primer Quijote provocó rechifla parlamentaria generalizada, por entender que aún quedaba para 2005. Se le aceptó la iniciativa, solo porque ya le habían rechazado tres. Era su primer debate del estado de la nación con protagonismo de líder. Recogió guasas mordaces, a derecha e izquierda. También, en los medios. Fue considerado mera extravagancia. Pero no lo era. ABC informó: «se limitó a esbozar cuatro propuestas sobre asuntos menores, como pedir un programa cultural para celebrar los cuatrocientos años de la publicación del Quijote». Si hubo excelentes actividades oficiales en las conmemoraciones de 2005, 2015 y 2016 es porque en este país treinta trabajan por trescientos. Abunda la capacidad individual, pero falta esa previsión política para trabajar a largo plazo en lo importante, sin preguntarse si se estará o no gobernando. Cervantes nos identifica en el mundo, no solo la Roja. Ya que no tenemos dirección a la que remitirle sus derechos de autor, leamos sus libros. Ahora se aboga porque no fueron tantas sus penurias económicas, pero uno intuye cierto —en su esencia— aquello que Serra puso en boca de un don Miguel agonizante, en la zarzuela El loco de la guardilla: «Si Lope me adivinó/ al darme famoso mote,/ la patria ingrata no vio/ que Cervantes no cenó/ cuando concluyó el Quijote». También existe el hambre de justicia poética. Y el hartazgo del ninguneo.

León celebró ayer otra grata lectura pública del Quijote, organizada por el Centro Unesco de Castilla y León. Y en los próximos días será presentado un programa de actividades, ideado por Manifiesto Cervantes, para fomentar la lectura de su obra maestra, que ingleses y alemanes tuvieron que descubrirnos como tal.

Sí, sobra mucha rechifla desdeñosa, que no debemos confundir con el buen humor, que lo hay. Nos resta vuelo. Y se abusa del clásico «si tan largo me lo fiáis». Sobre todo, quienes creen que eso lo dijo don Quijote.

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