Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

Creado:

Actualizado:

El argollano de Valverdín Basilio Fernández (1909-1987), fallecido hoy hace 30 años, representa una variante insólita del oficio poético. La del ocultamiento como creador, que sólo redime su muerte. Presente en las vanguardias, regentó en Gijón durante la posguerra un almacén de vino, embutidos y salazones. Al hacer arqueo de su legado de libros, papeles y fotografías, un sobrino encontró los cuadernos con sus versos, que publicó en Libros del Pexe. El rescate molestó a los aturdidos vigilantes líricos de proximidad, inclementes con su descuido. Toda una vida masticando estrofas, sin percatarse de que el destinatario del libro mayor de Gerardo Diego era aquel discreto regente de un colmado de coloniales.

Montañés del Torío, Basilio fue bachiller en Gijón y estudió Derecho entre Oviedo y Madrid. Heredero de los arrieros argollanos que mantenían el tráfico de legumbres y vino entre León y la marina de Asturias, a los que jubiló el ferrocarril, dedicó su vida a la gestión del negocio familiar. Con un período de ausencia, al final de la guerra, que pasó en Barcelona. Durante años escribió con secreta perseverancia en libretas que descifró su sobrino. La primera antología se tituló Poemas 1927-1987 y se publicó sin ruido, con el colgante distraído de un epílogo firmado por Torrente Ballester, lejano compañero de estudios. Aquel volumen cayó en manos del poeta Gamoneda, quien repartió ejemplares al jurado que le concedió el Premio Nacional de Literatura cinco años después de la muerte de su autor. Era la primera vez que recaía en un autor difunto, que voluntariamente había dejado su obra inédita. Sesenta años escribiendo poesía en secreto.

Pero el galardón tampoco cambió su silueta de poeta ausente y desoído. Un par de novelas de Torrente recreaban la silueta desvaída de Basilio, que mantuvo siempre su voluntad de escribir poesía sin importarle los destinatarios. Se había estrenado en la órbita creacionista de Gerardo Diego para entregarse al cultivo de una lírica que aspira al absoluto, sin anécdotas ni paisajes de postal. «El adjetivo, cuando no da vida, mata», les tenía advertido Huidobro. La experiencia bélica lo trastea de un ejército a otro, de la amarga decepción al triunfo. Sus primeros versos después del incendio muestran un pálpito y una dicción expectantes, entre la alarma y el recreo amoroso. Su independencia le permite viajes y aficiones poco frecuentes entonces, de Italia a Suiza, de la fotografía al jazz. También la evocación de su alto Torío «bajo las blancas rocas y los chopos». Su obra se aleja del chispazo juvenil, mientras se va alimentando con las brumas y preocupaciones de su experiencia. Tampoco su rescate póstumo varió la rutinaria alineación de la posguerra poética.

tracking