Diario de León
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Jaime Lobo Asenjo EX Senador del Reino de España
León

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C omo diría un ferroviario de los de antes, pasamos por las agujas del 86 aniversario del advenimiento de la II República española, con la sustitución el 14 de Abril de 1936 de la Monarquía de don Alfonso XIII. Se le atribuye a Manuel Aznar aquello de que «España se acostó monárquica y se levantó republicana».

En estos días, hemos visto a los medios opinando sobre esta efeméride, lo que fue y las consecuencias que acarreó. Era fácil apostar porque sería preponderante la glorificación republicana del suceso, pero como dice el refrán «no es oro todo lo que reluce». Así lo debieron entender en su día Ortega y Marañón que afirmaron que «la quema de iglesias y conventos no demuestra ni verdadero celo republicano ni espíritu avanzado, más bien son un fetichismo criminal y primitivo». Y Ortega remacha el clavo al asegurar que «hay que cambiar el signo de la República» e insistía: «tiene que cambiar y rectificar su ruta, de lo falso a lo auténtico» Yo creo que tenía razón.

Aquel periodo, por desgracia, nada tuvo que ver con la democracia, la reforma o la libertad, y sí con la violencia la exclusión y el ajuste de cuentas, el liberalismo y el parlamentarismo fueron fantasmas en aquella España, sustituidos por la cultura del odio. Hubo más censura que nunca, por la aplicación de la Ley de defensa de la República de octubre de 1931, se cerraron un buen número de periódicos y la libertad de prensa retrocedió en España. Lo cierto es que la II República es un mal ejemplo democrático pero la hegemonía cultural de la izquierda sigue empeñada en pasar de un grave error a la sublimación.

Largo Caballero en un discurso pronunciado el 12 de enero de 1936 decía: «Si las derechas no se dejan vencer en las urnas, tendremos que vencerlas por otros medios, hasta conseguir el pleno triunfo de la bandera roja». ¿A qué se refería?

No es difícil de adivinar. Solamente en el periodo que va desde que Manuel Azaña es presidente de Gobierno hasta el asesinato del Jefe de la Oposición, Calvo Sotelo, los actos de violencia son incontables, con huelgas constantes, motines en las cárceles, incendios, saqueos y ocupación de tierras, sin que podamos olvidar el segundo bienio republicano conocido como el ‘bienio negro’ en el que en tiene lugar la revolución de Asturias en 1934, que ha de ser sofocada por el ejército de la República.

El 17 de mayo de 1936, decía Manuel Azaña: «hoy se han quemado en Yecla siete iglesias, seis casas, todos los centros políticos de la derecha y el Registro de la Propiedad, incendios en Almansa y Albacete, motín y asesinatos en Jumilla, en Logroño quema de tres iglesias, lo mismo que en Madrid, donde  han apaleado a un comandante y ya van más de doscientos muertos y heridos desde que se formó Gobierno». Un gobierno que se vería desbordado por la extrema izquierda. El comunista Diego Ramos aseguraba el día 15 de abril que Gil Robles debería ser ejecutado. Y después de estas pinceladas de lo que fue, ¿por que ese empeño en presentarnos a la II República como un régimen idílico? La izquierda española, de siempre, antepone la pasión a la razón, sin asumir su historia, empeñados en abrir heridas que se habían suturado.

 Yo pienso como nuestro paisano Fernando Suárez, que más de 80 años después, sería bueno huir de todo cuanto reaviva la discordia, para buscar soluciones a nuestros problemas actuales. 

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