Diario de León
Publicado por
José Antonio García Marcos Psicólogo clínico y escritor
León

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E l inicio de la Guerra Civil en el verano de 1936 desencadenó la marcha de sus pueblos a muchos jóvenes que fueron reclutados para luchar en los dos bandos enfrentados. En aquellos momentos los agricultores se afanaban en la recolección del trigo, una ardua tarea que entonces duraba casi todo el verano. Mujeres, hombres mayores y niños tuvieron que suplir a los soldados que luchaban en el frente.

Al llegar el tiempo de las matanzas las mujeres tuvieron que asumir, de nuevo, el papel fundamental a la hora de sacrificar el cerdo. Mi madre vivía entonces con unos tíos maternos y su abuelo de edad ya avanzada. El hombre había sido reclutado por el bando nacional y como el abuelo era mayor para clavarle el cuchillo al marrano, un adolescente se ofreció para ayudarles en la matanza. El muchacho, poco experto en esas lides, no conseguía rematar al cerdo y que dejara de gruñir. En esto el abuelo, ese día enfermo con gripe, se levantó de la cama, abrió la ventana y gritó enojado: «Si bajo yo, se acaba en un santiamén con tanto alboroto».

El otro día, al ver en la televisión al Molt Honorable Jordi Puyol después de haber ingresado en prisión su vástago primogénito, me acordé de esta anécdota que relato en mi libro El Hacha bajo la Almohada y pensé que él, en alguna de las comidas familiares, habría dicho algo parecido: «Si tuviera unos cuantos años menos y fuera presidente de la Generalitat no estaríamos pasando por este calvario al que nos están sometiendo los enemigos de Cataluña».

Es curioso. Vivimos en un país en el que durante cuarenta años un dictador nos arrebató la libertad y la dignidad y ahora, con la democracia, un grupo de políticos corruptos nos ha estado robando de forma sistemática la cartera. La corrupción ha sido sistémica aunque posiblemente se podrían especificar varios focos de la misma. El primero de ellos estaría en lo que podríamos llamar la memoria del exilio. Los golpistas contra el gobierno de la República desencadenaron una guerra que duró tres interminables años y después provocó un largo y penoso exilio. Cuando se reinstauró la democracia lo primero que hicieron algunos partidos que alcanzaron el poder fue poner a salvo en el extranjero algún dinero para autoprotegerse, en caso de tener que salir por la frontera como consecuencia de un nuevo golpe de estado. Si se pudiera saber el número de personas y de instituciones que mantuvieron cuentas ilegales en bancos extranjeros o en paraísos fiscales, se podría llegar a conocer con más exactitud el alcance de este foco de corrupción, al que posiblemente no sean ajenas las diversas herencias de los Puyol.

El segundo foco de esta corrupción endémica estaría en el hecho de que para ganar elecciones son necesarias inmensas sumas de dinero que los partidos que tienen el poder (central, autonómico o municipal) empiezan a obtener de forma ilegal con la asignación fraudulenta de obra pública, recalificando terrenos o pagando por servicios o informes fantasma. Todos los que intervienen en esa cadena de actos delictivos son, asimismo, presa fácil de la corrupción por lo que ésta se extiende como una mancha de aceite, provocando que los que ganan las elecciones se parezcan a esos ciclistas que llegan los primeros a la meta gracias al dopaje.

El tercer foco estaría en los esfuerzos por mantener a la justicia alejada de los casos de corrupción, manipulando el nombramiento de jueces y fiscales con lo que se va al traste uno de los fundamentos de la democracia, la separación de poderes. Toda la corrupción que hemos vivido y padecido hubiera sido impensable sin la sensación de impunidad que tenían los corruptos.

Por último, hay que tener en cuenta que la corrupción es inherente a la condición humana y que lo que hay que hacer es crear instituciones que luchen eficazmente contra ella.

En estos momentos el problema fundamental es saber si los casos de corrupción que están aflorando son todos los que hay o solamente la punta de un inmenso iceberg. Por otra parte, el que los partidos corruptos sean votados en las elecciones es señal de que el votante cree firmemente que la corrupción es inherente al sistema por lo que prefieren votar a «sus» corruptos antes que a los del adversario. Todos pues, en mayor o menor medida, somos algo culpables de la situación actual. Ahora bien, el daño que se hace a la democracia será, sin duda, irreparable y tendrá consecuencias a medio y largo plazo en forma de mayor desafección política o del aumento del populismo.

La dictadura de Franco no solo nos robó las libertades sino que también asesinó y torturó a muchos de sus detractores. Si los asesinos han podido eludir la acción de la justicia porque la incipiente democracia quería mirar más al futuro que al pasado, los corruptos de la democracia siempre actuaron con la convicción de que ellos también, con sus argucias, podrían hacer lo mismo. Es la hora de un pacto y de una catarsis nacional contra la corrupción y de que la justicia demuestre que, en democracia, el que la hace la paga independientemente de su posición social.

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