MARINERO DE RÍO
Sociedad zombi
La pregunta ha de aclararse cuanto antes: el zombi, ¿nace o se hace? Yo personalmente diría que se hace, y aún más que lo hacen, que lo fabrican y moldean a conciencia, paso a paso y desde la más tierna infancia, fijo el objetivo y sin distraerse jamás de la tarea, todo a base de pantalla y más pantalla, y también de ejemplo, mucho ejemplo de padres, familiares, amiguitos y ciudadanos empeñados todos en ver la vida de forma indirecta, colateral, vicaria, transversal, siempre con una delgada lámina de cristal líquido entre la mente y el mundo.
Ya es cosa normalísima toparse, en parques, terrazas y restaurantes, con familias enteras cuyos miembros aparecen cada uno enfrascado y absorto en sus propios, intransferibles dispositivos. Son reuniones ficticias y con algo de fraudulento en las que reina un silencio incluso hostil, como si una orden judicial u otro tipo de frío mandato administrativo obligase a toda esa gente a vivir junta. Hay pulgares que se mueven frenéticos, yemas de índices que bailan sobre el espejito mágico, ampliando o empequeñeciendo, y ruidillo de vídeos y hormigueo de golpes, y risas súbitas y estruendosas que se congelan de golpe a la espera de otra imagen, de otro impacto, de una nueva impresión que disuelva a la anterior.
Varias generaciones están siendo criadas ya en la separación y el aislamiento, en la creencia de que las cosas que se esconden detrás del oráculo del móvil son mejores, más divertidas, más sugestivas y más controlables que lo que sucede afuera —o sea, lo que ves, lo que te cuentan, lo que dialogas y defiendes—, y el peligro de perder la curiosidad por lo auténticamente real, valga la espantosa redundancia, de perderle el respeto a la vida que pasa, es también auténtico.
Largas filas de zombis preocupados únicamente por comprobar cómo entra en órbita el número de likes de su perfil social o por ver —ya, pero ya mismo— un nuevo capítulo de su serie favorita se apiñan en nuestras ciudades sin fijarse para nada en la lluvia que cae, en la disposición de las piedras de la muralla o en el manso color de los ojos de un anciano.
Hace unos días el servicio de mensajería whatsapp se cayó durante horas. Menos mal que lo restablecieron porque, si no, la gravedad del asunto nos habría metido en la III Guerra Mundial de cabeza.